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1931, Orfanato Minero de Asturias: la Casa de los huérfanos del Carbón

Un 20 de febrero, Día Mundial de la Justicia Social, nos ha parecido apropiado recuperar para el mundo digital un artículo publicado en su día en la sección Los álbumes del Carbón, esas páginas especiales que la Revista Montepío dedica a la memoria y cultura de la minería, cuyo estudio y divulgación representa uno de los objetivos y compromisos de trabajo de Fundación Obra Social Montepío. Cuando la precariedad de las condiciones laborales y la miseria convertían cada día a la minería en un escenario más propio de los campo de batalla, con más de 50.000 mineros en Asturias en los frentes de avance abiertos en decenas y decenas de minas, pozos, chamizos y galerías,  no había día que no viera escapar la vida de algún minero, la esperanza de muchas familias. En aquella minería de trinchera, los huérfanos del carbón eran el pan de cada día, una imagen demasiado parecida a aquellos relatos tristes de Charles Dickens, de pretéritos paisajes industriales plagados de hollín y penurias. En aquella época brotó del Sindicato Minero la necesidad de un Orfanato que diera respuesta a tantos guajes, sin padre, con los sueños rotos, en franca situación de desamparo.

«A mi padre y a mi tía, que un día de invierno 1938 conocieron en pocos días la tragedia de la mina y la solidaridad de los mineros que soñaban con un mundo mejor».

Así nació el Orfanato Minero.

Alzado del proyecto.

Hoy Fundoma, Fundación Docente de los Mineros de Asturias, el hospicio minero, impulsado en 1929 para acoger y atender a cientos de huérfanos de trabajadores fallecidos o hijos de familias productoras en riesgo de pobreza,  es, como el Adaro, la Brigada, el Montepío, el Instituto Nacional de Silicosis, La Universidad Laboral o el Instituto Nacional del Carbón CSIC,  uno de esos hitos emblemáticos en la larga historia del Carbón en Asturias y España.

El proyecto inicial, tan necesario por el drama social al que debía atender, como integrador y vanguardista, era más ambicioso aún que el que más tarde se vio afectado por la Guerra y la dictadura, y hermanaba como proyecto educativo con las grandes escuelas humanistas europeas. Los conflictos bélicos y políticos de mediados de los años 30, pese al consenso general que inspiró su demanda, mermaron su idea original; y posteriormente se vio amputado por las necesidades de espacio del antiguo hospital central de Asturias con quién compartió espacios en Oviedo en una larga y dura postguerra hasta que en los años 60 se impulsó la primera ciudad sanitario en El Cristo de Oviedo. Cuando el Orfanato Minero recuperó sus instalaciones, las minas ya eran más seguras y proyectos como la Universidad Laboral de Gijón y los colegios, institutos y centros profesionales públicos y privados cubrían una parte importante de la actividad formativa.  Con Hunosa ya en marcha y el régimen especial minero de la Seguridad Social, el desarrollismo y el primer “baby boom” de los años 70 se comenzaba ya a dejar atrás el concepto de orfanato.

 

Publicación de época y una colonia del Orfanato en una salida a Salinas.

Una historia para recordar, que habla de Solidaridad.

Como el Montepío, el Estatuto de los Mineros, el vale de carbón, los economatos, las huelgas por la democracia o el futuro de las comarcas, o la brigada de salvamento… el Orfanato Minero constituye uno de esos nombres pilares y emblemáticos de la prolija y orgullosa historia con mayúsculas que nos ha legado la familia del Carbón asturiana. Una historia tras la que se esconde el drama de cientos de familias que quedaron desamparadas por los accidentes mineros. Que habla de solidaridad. Y que merece ser divulgada y recordada, implícita en ese legado de valores que hoy defiende, reivindica y esgrime el Montepío como patrimonio a preservar de cara a los retos, a buen seguro distintos, pero no por ello menos importantes, que sin duda deberá atender la ciudadanía presente y futura en esa permanente construcción de una sociedad de bienestar que de respuesta a las necesidades de cada tiempo.

Uno de los primeros grupos en entrar al Orfanato

Y es que parece que fue ayer, pero no ha pasado aún un siglo cuando al prensa regional anunciaba el acuerdo entre el Gobierno español de Miguel Primo de Rivera y los representantes de los trabajadores y los empresarios mineros para auspiciar el nacimiento de un gran Orfanato Minero como fundación docente de carácter benéfico. Corría el año 1929 y un Real Decreto lo ampara como “un necesario servicio de auxilio social”, respuesta a una persistente reivindicación del Sindicato de Obreros Mineros Asturianos  liderado por Manuel Llaneza que, en sintonía con las numerosas propuestas que el movimiento obrero de finales del siglo XIX abanderaba en las ciudades y comarcas industriales de Europa con el fin de tratar de atender al menos en lo más básico las necesidades de las personas. Llaneza había exigido en numerosas ocasiones a Primo de Rivera (la idea original fue aportada en 1917 por el sindicalista y minero José de la Fuente) una solución rápida y urgente a la situación de abandono y, en muchos casos, de hambre real, que padecían numerosos hijos de mineros muertos o incapacitados por accidente laboral. Una realidad social dolorosa y descorazonadora, que tenía a cientos de niños y niñas pobres, abandonados a su suerte por las calles, pueblos o escombreras , con peligro real de muerte por penuria, mala salud y sin futuro alguno, a expensas de la caridad. Aquellas escenas de pobreza en las calles, tan magistralmente relatadas en el siglo XIX por Charles Dickens en el origen de las ciudades industriales inglesas de la época Victoriana (Cuento de Navidad, Oliver Twist) también se vivieron y padecieron por muchas de nuestras familias en Asturias. No son pocos los mineros ancianos que hoy, memoria viva de aquel tiempo, recuerdan como siendo niños, les hicieron el favor de sus vidas metiéndolos a trabajar en las minas con 10 o 12 años, pese a que la ley no lo permitía. ¿Esclavitud infantil? pura supervivencia.

La sala médica y una publicación de época.

Un dinero por tonelada de carbón para los huérfanos

La historiadora María Fernanda Fernández Gutiérrez sintetiza de forma magistral en su trabajo sobre el Orfanato, publicado por Real Instituto de Estudios Asturianos, que “la idea era sencilla y justa: se trataba de recoger y educar a los hijos de los mineros del carbón muertos o incapacitados, un grupo numeroso y desasistido, que innegablemente precisaba del respaldo de un organismo oficial que superase medidas aisladas de caridad o ayuda, las únicas que hasta entonces subsanaban sus abultadas carencias. Y para hacerlo posible se trataba de hacer revertir sobre la masa de productores (mineros) parte de los beneficios obtenidos con su trabajo, decidiéndose que el Orfanato sea sostenido con la aportación patronal de una cantidad fija por tonelada de hulla producida, conociéndose como el canon del carbón”.

El Orfanato ve la luz definitivamente en 1931, rigiéndose su gestión mediante un Patronato en cuya Junta se sentaban los cargos públicos, patronos de empresas mineras, sindicalistas y obreros, “todos ellos reunidos para colaborar en el bienestar del frágil y crecido colectivo de huérfanos de la minería”. En el primer Patronato estaban representados, entre otros, el Director General de Minas y Combustibles de España, Rafael de Ormaechea, el vicepresidente de la Diputación de Asturias, José de Argüelles; el portavoz del Distrito Minero de la Provincia,  Miguel de Aldecoa, el del Consejo de Combustibles, Eugenio Cueto; los empresarios mineros José Cabrera, Rafael Belloso y Gerardo Berjano, y los líderes sindicales Manuel Llaneza, Amador Fernández y Belarmino Tomás. Conviene citar también a Manuel Rico Avello, secretario general y abogado de la Compañía Minera y Sociedad Patronal de Mineros de Asturias, nombrado para conciliar los intereses patronales y obreros, promoviendo obras sociales como el citado Orfanato.  Llaneza, hombre fuerte en el contexto del proyecto, apoyaba su visión el perfil humanista de sobre el Orfanato como Institución educadora en Ernesto Winter, Gijón 1872-Oviedo 1936) de origen francés, pedagogo y humanista, cuya familia había recalado en Asturias procedente de Alsacia, para trabajar en una empresa de vidrios gijonesa.

Winter, que había estudiado para arquitecto en la Universidad Central de Madrid (más tarde se licenciaría como Ingeniero de Minas en Lieja), sintonizaba desde entonces con el ideario de la Institución Libre de Enseñanza (de hecho Fernando de los Ríos prologa su obra, Elogio de la inquietud), un forma de ver y entender la vida que irradió en Asturias desde que en 1922 en regresara a España como ingeniero de las Minas de Coto Musel en  Laviana (Asturias), donde por primera vez contactó con Llaneza y con la pedagogía. Esa es la base sobre la que en 1930 arranca en Oviedo el Orfanato Minero, con Winter como primer director. Tras las elecciones generales de 1936, Ernesto Winter dimite como Director, dado que las nuevas autoridades habían pedido su relevo por Eleuterio Quintanilla, dirigente anarquista. No obstante, cuando se produce el golpe de Estado que en 1936 dio inicio a la Guerra Civil, Ernesto Winter se mantiene en el puesto a la espera de ser relevado. Detenido poco después, es interrogado por el Coronel Aranda y posteriormente puesto en libertad. Sin embargo, el 6 de noviembre de 1936 mientras trabajaba en el Orfanato con los niños un grupo de sublevados franquistas lo detuvieron junto a su hijo y los fusilaron en Pando, a la afueras de la ciudad, junto a las vías del ferrocarril.

Ernesto Winter, fusilado en 1936, había pensado un Orfanato Minero humanista, naturalista y laico, que impartiera la Escuela Nueva al estilo de Giner de los Ríos o María  Montessori

Ernesto Winter y un equipo de dirección y docentes en los años 50.

El lema fundacional de la institución era “educar en la tolerancia y la perfección, con una refinada educación integral y moderna, de acuerdo con la más selecta pedagogía, imprimiendo los más sensibles matices de un ambiente familiar”. El problema para el Orfanato, como queda patente en la dramática muerte de su primer director, fue afrontar años convulsos, la caída de la monarquía de Alfonso XIII, la llegada de la II República, la, Revolución de Octubre del 34, la Guerra Civil, la postguerra… La idea original del Orfanato se vio sacrificada desde la misma toma e incautación de las instalaciones por parte del Coronel Aranda en octubre de 1937, que decidió trasladar a siete de sus pabellones el Hospital Provincial de Asturias, destruido en Llamaquique. La medida provisional duraría 25 años, hasta 1961. Pero esta actividad médica y la penuria económica limitaría para siempre la actividad del Orfanato y aquel ambicioso proyecto fundacional, que Winter había concebido bajo los preceptos de la Escuela Nueva, humanista, naturalista, higienista, laica y abierta a los movimientos innovadores europeos, hermanada en esencia con las kidergarten de Friederich Froëbel,  las Escuelas al Aire Libre de Lemonier y Beginski, las del Bosque y el Mar, de Giner de los Ríos en Barcelona, las del Ave María del Padre Manjón, las del pedagogo y médico belga Ovide Decroly y las María Montessori en Italia. Ese era el frustrado marco.

Tras la marcha del Hospital Provincial de Asturias a El Cristo, el Orfanato Minero, limitado por las carencias presupuestarias  y de espacio a atender a no más de 150 niños y niñas desde el final de la Guerra en 1939, recupera en 1960 sus espacios, pero a las puertas del desarrollismo, las necesidades ya eran otras y el coste de afrontar las reformas profundas por el mal estado de las instalaciones, muy castigadas por la actividad hospitalaria y las continuas adaptaciones que tuvieron que realizarse, era prácticamente que disuasorio. De hecho proceso de rehabilitación de los pabellones se lleva a cabo desde 1969 a 1978 en varias fases. Para entonces el número de huérfanos de la minería, ya había disminuido, y las necesidades educativas e incluso sociales eran ya muy distintas. Era la etapa de la nacionalización y la concentración de las minas en Hunosa, del nacimiento de la Seguridad Social y del régimen especial de la minería. De la apertura y entrada de nueva tecnología y de las campañas de prevención de la salud laboral. Además, el nacimiento previo en 1946 de la Universidad Laboral de Gijón supuso de facto la reconversión y readaptación de aquel proyecto inicial para el Orfanato Minero de Oviedo. Cabe recordar que la Laboral nace en Somió-Gijón, tras un grave accidente minero en la comarca del Caudal que dejó varios muertos, como fundación benéfico-docente que llevaría el nombre de “José Antonio Girón”, el gran ministro de Trabajo de Franco, destinada a la “formación cultural, moral patriótica y profesional de niños huérfanos cuyos padres hayan sido víctimas de accidentes de trabajo en la minería”. Y la Laboral, con unas instalaciones punteras, fue la gran apuesta hasta convertirse en un gran referente formativo moderno, sin menos cabo de la labor desempeñada por el Orfanato en su sede de Oviedo, quizás menos ambiciosa en recursos, pero no menos trascendental por lo mucho que hicieron por miles de familias en los aspectos solidarios, formativos y educacionales.

Vista área del Orfanato Minero, hoy FUNDOMA en Oviedo.

Vinculados a la actividad del hospicio minero, también es importante recordar en este Álbum del Carbón las colonias escolares “de recreo, restablecimiento de salud y de educación no formal”, desarrolladas en Salinas, y también en León, en los enclaves de Pola de Gordón y Villamanín, desde 1931. La de Villamanín, con edificio propio, fue muy importante, y pese a la escasez de recursos, el Orfanato llegó a destinar desde agosto de 1942 fondos fijos para la construcción y sostenimiento de un edificio singular por el que durante muchos veranos han pasado miles de niños de las comarcas mineras. También en la Costa Asturiana se llevaron alguna iniciativa más de este tipo, en Santa María del Mar o Perlora, por citar algunas. Era el turismo de salud y refuerzo infantil, los primeros campus para los hijos de un tiempo en el que la pujante Sociedad Minera asturiana, con más de 30.000 empleos directos, soñaba con un mundo mejor.

Notas: 

En 1978 regresan al patronato del Orfanato los representantes de las centrales sindicales y de la Cámara Oficial Minera de Asturias, excluidos hasta entonces, por la modificación en el año 1941, del Real Decreto de 1929 sobre la composición y nombramientos del patronato.

En 1990 se acuerda actualizar la imagen del orfanato, aprobándose un cambio de nombre y de sus estatutos, inscribiendo a la institución en el Registro de Fundaciones con el nombre de FUNDOMA, Fundación Docente de Mineros Asturianos. Este proceso, concluido en 1991 inicia la nueva etapa de la institución, estrenándose en 1992 con la inauguración de la Residencia universitaria «Clavería». Para entonces, el nuevo FUNDOMA contaba ya con dos residencias infantiles y dos de enseñanzas medias.

Cada cierto tiempo, ex alumnos-as del Orfanato Minero suelen reunirse y realizar actividades de recuerdo y memoria del Centro, como una gran familia.

TEXTO: ALBERTO ARGÜELLES

FOTOS: ARCHIVO DEL MONTEPÍO DE LA MINERÍA