Entrevista a Conchi Rdgz. Valencia, la mujer que abrió el camino a la igualdad en la mina

No fue la primera en trabajar entre carbón, ni siquiera en bajar a lo profundo de un pozo, pero Concepción Rodríguez Valencia, Conchi, hizo lo que ninguna otra había hecho antes en España: plantarle cara al sistema y conseguir un reconocimiento legal al derecho de la mujer a trabajar en el interior de una mina. La batalla no fue fácil; y su historia la sitúa como una de las 100 españolas más destacadas del s. XX en la lucha por la igualdad.

Ella ha sido portada de la Revista Montepío Nº82.

En un tiempo en el que la lucha de la mujer por una sociedad más justa e igualitaria cobra nuevos impulsos, recuperar la memoria del camino recorrido por la familia minera es una oportunidad para dar luz a la historia, y ser justos sobre todo con aquellas mineras que por diversas razones no recibieron el merecido reconocimiento. Ese es uno de los fines de la expo “Mujer y Mina”, promovida por la Fundación Montepío, entre la divulgación y la reivindicación. Entre esos contenidos, abordados por estudiantes de centros como el Santa María del Naranco, de Oviedo, o el Instituto Batán de Mieres, emerge la figura de Conchi Rodríguez Valencia, la mujer que a principios de los 90 ganó un pulso al Estado y al “Establishment” que sostenía que la labor en las minas era solo cosa de hombres.

La batalla judicial de la langreana, que acabó resolviéndose en 1992 en el Tribunal Constitucional, fue pionera en España en lograr el derecho de la mujer a ser minera en interior. Y aunque muchas veces las pequeñas historias de la gran Historia se olvidan, muchos aún se preguntan: ¿Quién es Conchi y qué motivó aquella cruzada? La respuesta es más fácil hoy, pero esta veterana mutualista, aún recuerda los duros momentos de aquel proceso social y judicial por tratar de conseguir un puesto de trabajo: “Muchas personas no entendían mi lucha y deseo por trabajar en una profesión dura y peligrosa, donde la gente perdía la vida”. “En aquel tiempo aún había muchos accidentes… tragedias como la del pozo Santa Bárbara en Turón, o Mosquitera, donde trabajaba mi hermano. En muchos casos obedecía a un proteccionismo erróneo hacia la mujer, fuera del tiempo moderno que vivimos; algunos incluso decían que perdíamos la femineidad por ser mineras”.

Pies de foto: 4 momentso en la vida de Conchi R. Valencia: De niña, en su colegio La Felguera. Haciendo deporte, su fortaleza quizás fue clave a la hora de pasar las pruebas para el interior de la mina. Una fotografía como minera de Hunosa publicada en una revista nacional en los años 90. Y en la última, con Virginie Debrabant directira del Centro Histórico Minero de Nord-Pas de Calais Francia

Conchi nos deja este recuerdo tras una larga charla en la que destila su gran energía vital, un discurso salpicado de términos como “justicia social” o “conciencia de clase”, y por supuesto la emoción de las vivencias. Sabe que es difícil plasmar tantos matices, por la singularidad del contexto donde se produce la historia por la que será siempre recordada. No en vano, se siente orgullosa de haber estado en el “top 100” de mujeres que en el S.XX hicieron cosas significativas en España por la igualdad. Una expo de cien paneles, uno el suyo, que recorrió el país, resaltando personajes como Clara Campoamor, Victoria Kent, María de Maeztu, María Moliner, Carmen Laforet, Pilar Miró, Cristina Almeida, Icíar Bollaín…

“Era injusto que una norma de 1897 impidiera a la mujer de los 80, en las Cuencas, el derecho a ser mineras; había mucho paro, había que dar la batalla”.

“A veces, por error, me han puesto como la primera picadora de carbón, pero la historia real, más allá de lo que hicieron nuestras abuelas mineras, es que cuando gané la batalla judicial para ser minera en interior, yo ya había entrado en Hunosa vía INEM como peón exterior, e incluso había oposición interna para su Administración; podría haber hecho el paripé de entrar al pozo y haberme beneficiado de los pluses por trabajar dentro de la mina, y salir después a tareas administrativas, pero entendí entonces que muchos no dudarían en utilizarlo, no para disparar contra mí, sino para hacer daño a la causa, y con ello al deseo de muchas mujeres que querían ser y hoy son mineras; mi satisfacción fue la de abrir el camino legal para todas”.

Ficha de su panel, 100 mujeres españolas del S XX.

La historia arranca en 1984, en una convocatoria de empleo directa de Hunosa. Conchi se entera por el Boletín de empresa que su padre, también minero, lleva a casa. Los índices de paro entonces son muy altos, sobremanera en su perfil: mujer, joven y en las Cuencas. La lucha contra el desempleo es un eje de aquel PSOE de Felipe González, que había llegado al Gobierno “por el cambio” meses antes, en una democracia aún adolescente. Fuera de la Unión Europea, las Cuencas apenas intuyen una reconversión carbonera que ya afecta a otras zonas europeas. Para quienes no acabaron en la Universidad, entrar en Hunosa es un premio. Por avatares de la vida, Conchi está sin empleo; y hasta para su hermano Daniel, la mina es la oportunidad. Pero pese a ser 28 meses mayor que él, sabe que en su caso tiene una desventaja: es mujer. “Que dijera ‘quiero ser minera’ estaba mal visto. Entonces o accedías a la Administración pública, o eras empleada de hogar. Sin empresas de servicios y con un pequeño comercio, en las Cuencas no había mucho más empleo solo industrial, para hombres”, recuerda.

Conchi no acude a la convocatoria de Ayudantes Mineros de Hunosa de 1984, pero se entera de que algunas mujeres sí, entre ellas, Ana Isabel López Lada, de la que se haría amiga, e Iluminada Quiroga. Eso la motiva a presentarse a la del 85-86. Llega a tiempo. La primera convocatoria, con 800 puestos en la oferta, no se resolvió para mujeres. La segunda, con 948 plazas, “es más de lo mismo”. Hunosa tiene una patata caliente con las solicitudes femeninas: una norma de la Organización Internacional de Trabajo (nº45), considerada “sagrada”, en salud laboral prohíbe que mujeres y niños puedan trabajar en minas subterráneas. Era un texto de 1897, hecho para evitar la explotación de aquel tiempo: “Esgrimir aquel artículo para meter en el cajón las solicitudes de empleo de las mujeres, parecía una broma: ante una misma solicitud, con igual puntuación y derecho, llegó a haber casi dos años de retraso entre las llamadas a revisión médica para los hombres frente a nuestras solicitudes. Durante ese tiempo fue luchar, luchar y luchar… En el pasado reciente aquella norma no había impedido que guajes como mi padre fueran mineros con 12 o 13 años. Aquello dejaba en evidencia que era una excusa para mantener un veto a la mujer, insostenible en un país moderno que aspiraba a entrar en la UE”.

Conchi prosigue: “La primera directora del Instituto de la Mujer en España fue Carlota Bustelo. A Bustelo le pareció mal que no se diera respuesta a las solicitudes de las mujeres, más aún al ser Hunosa un ente público. Y presionó políticamente. Dentro, esperaban que las pruebas físicas, duras, por supuesto, zanjarán el tema; pero en el Nalón cuatro mujeres las pasamos; y en el Caudal, una quincena. Quizás no lo esperaban, pero el problema aún engordó más”.

“Hunosa y el Estado tenían una patata caliente: 19 mujeres pasamos pruebas físicas duras en 1986, pero nadie nos quería dentro de la mina. Tuvimos apoyos importantes, pero a título personal, las estructuras eran machistas”.

Entonces, la dimensión de Hunosa era muy importante, con un volumen enorme de trabajadores y muchos pozos en funcionamiento. Necesitaban personal con urgencia y tenían que desbloquear las contrataciones. Recurren incluso a personas que no pasaron la prueba de interior, incluidas mujeres, pero siempre como peones de exterior, nunca interior. “Y ahí nos vimos doblemente discriminadas: una, por ser mujeres, y otra porque ningún hombre apto se quedó sin empleo. De las mujeres aptas, nueve quedamos sin empleo (ni dentro, ni fuera de la mina). Recuerdo que en un acta quedó reflejado que se nos tendría en cuenta para el futuro, pero nunca se cumplió”, relata.

Conchi R. Valencia ha colaborado con la Fundación Obra Social Montepío en la Expo Mujer y Mina, con una charla con los alumnos del Instituto Batán de Mieres.

El caso es que en 1988 Conchi, al ver que el proceso judicial abierto por Ana Isabel no prosperó, con fallos en contra en Asturias y en Madrid. Y agotado el diálogo mantenido con la empresa, se reúne en la UGT regional, con la ex ministra socialista Matilde Fernández, entre otras. Tenía que empezar judicialmente de cero. Era 1986 y hasta 1992 -6 largos años- no hubo un fallo favorable del Tribunal Constitucional. El TC, llegó a reconocer con efecto retroactivo que Conchi había tenido derecho a entrar en la mina desde el 1 de mayo de 1985. “Quisieron comprobar mi fortaleza para abordar este proceso. La presión en la calle y en los medios era fuerte; me advirtieron, pero estaba preparada. Me dio fuerza ver el aplomo de las primeras compañeras que habían entrado de peones en el lavadero Batán entre abucheos y pedradas. La cosa rebajó, y entre compañeros, una vez dentro, nunca hubo problemas, pero tuvimos que repetir muchas veces aquello de que no veníamos a quitar el empleo a nadie, que era un derecho y que solo pedíamos igualdad de oportunidades”.

Hunosa busca alternativas y cambia el proceso de contratación, pasa a hacerlo a través del INEM (Servicio Público de Empleo). “Y curiosamente en 1987 me llaman del paro para un puesto de exterior. Apruebo, pero de nuevo no entro”. No será hasta el 9 de mayo de 1991 cuando por fin entre en Hunosa. Era su tercer intento. Y la incorporan a los Almacenes generales del Trabanquín. Pero esto no la hace abandonar el proceso judicial. Recibió varios fallos desestimatorios, siempre por la Norma OIT. Pero sigue hasta el final, el Constitucional, que en 1992, amparándose en el Art.14 de la Constitución (el de no discriminación por razón de sexo), considera discriminatorias esas viejas normas y reconoce por primera vez el derecho de la mujer a trabajar dentro de una mina.

“Fue una alegría enorme, y no puedo dejar de reconocer el trabajo enorme que hizo mi abogada, Lucía Ruano. Sin ella, y su magnífico trabajo legal e impecable justificación ante el Alto Tribunal, no lo hubiéramos conseguido; fue un triunfo y el juez falló consciente de la trascendencia del caso”.

Sus orígenes

Conchi nació en La Felguera en 1958, en una casa “humilde y obrera” de La Pomar “con derecho a cocina”. Es hija de emigrantes, de orígenes diferentes: su padre, Daniel Rodríguez, portugués de Freixo de Espada à Cinta, huido a Salamanca siendo un niño, con su abuelo, barquero en el Douro, que facilitó su huida de la dictadura en el país vecino y de las levas para las guerras coloniales lusas en África, auténticos mataderos. Su madre, Cleofa Valencia, Pepita, nacida en Alcaudete-Jaén y llegada a Asturias siendo niña, junto con siete hermanos, su madre Manuela y su padre Antonio, dispuestos a ganarse la vida en la otrora pujante industria asturiana. Daniel y Pepita se casaron jóvenes. “Mi madre no tuvo la suerte de estudiar, pero ella me enseñó una lección básica: me dijo, hija, nunca dependas de ningún hombre en tu vida”.

“Eran tiempos difíciles, de mucho trabajo y sacrificios, poca libertad, y miedo… Mi padre empezó en la mina con 13 años, a la vez que el abuelo se encaminaba hacia su silicosis final; por ser portugués tuvo menos derechos. Todo eso marca. Tenía conciencia de clase. Era socialista en tiempos de clandestinidad. Y como él, creo en la lucha obrera. No tuvo acceso a una vivienda laboral y tuvo que construirse su propio hogar, en Pando, donde nos criamos con gente con problemas de verdad, la red de agua, el saneamiento, la carretera… lo fuimos viendo poco a poco”, Y añade: “Aunque era hija de española, contaba como hija de portugués -después se nacionalizaría, y llegó a ser Tesorero de la primera Agrupación Socialista local-, así que no tenía derecho a plaza en colegio público. Mis padres, desde su humildad y sacrificio, me pagaron los estudios en el Colegio Las Dominicas de La Felguera… tardé en enterarme de mis derechos de estudio, aunque no me arrepiento de la formación recibida, y coincidí con mujeres fantásticas, grandes compañeras, amigas, y muchas de ellas brillantes profesionales y deportistas. Nos seguimos reuniendo en la actualidad. Entre ellas, María Neira, que hoy es directora del Departamento de Salud Pública de la OMS en Ginebra”.

Conchi R. Valencia y su lucha han sido protagonistas en diversos programas y medios de comunicación a nivel nacional. Es mutualista y con su familia ha visitado varias instalaciones. Recuerda las vacaciones de sus padres en el Balneario de Ledesma. Pero más recientemente con su familia en los chalets del Residencial Montepío en Los Alcázares.

Reconoce que “estudiaba poco, pero aprovechaba las oportunidades”, como por ejemplo, hacer deporte. Le debemos mucho a Mayte Gutiérrez Olay, pionera en pedagogía deportiva en España y en animar a las chicas al deporte. Gracias a ella hice atletismo, fui lanzadora de disco, peso y jabalina en los 70 en la Federación Asturiana de Atletismo. Hacer deporte, sin complejos, fue importante para lo que vendría después: pasar las pruebas físicas en Hunosa y dar batalla, incluso para salir de Langreo, porque mi primer viaje fue a Oviedo, con 13 años, para comprar ropa de deporte”.

Conchi intentó la Universidad: “Graduado Social me gustaba, pero el viaje en el Carbonero (el apodo del bus, entre Langreo y Oviedo) me mataba”. Así que tras hacer un curso de taquimecanografía, y en plena Transición, no se lo pensó cuando el entonces abogado laboralista Juan Luis Rodríguez Vigil -con el tiempo, presidente del Principado- la fichó por mediación de la UGT como secretaria para el primer Gabinete laboral del sindicato en Sama de Langreo, posiblemente el primero en Asturias: Seguridad Social, pensiones, incapacidades, viudas, huérfanos… mutualismo. Allí aprendió mucho: “Era el final de los 70, había que tratar de corregir mucha injusticia; pero también aprendí las traiciones que más duelen, las de los tuyos, y a quedarme sin empleo”. Otra batalla que hoy, prejubilada como administrativa de Hunosa, ve con perspectiva: “De todo se aprende, pero lo importante es luchar, no rendirse”.

“Mi madre no tuvo la suerte de estudiar, pero me enseñó una lección básica para la vida: hija, nunca dependas de un hombre, ten un trabajo. Un mensaje válido para todas”.

Orgullosa, con su madre, en la sede del Montepío.

Resumen de su biografía

Concepción Rodríguez Valencia, nacida y residente en La Felguera, Langreo (Asturias) 1958; nieta, hija y hermana de mineros.

 Es una mujer que se siente orgullosa de pertenecer a las Cuencas Mineras, territorio pionero en la revolución obrera y social, (y por tanto pieza fundamental en el avance y desarrollo de nuestro país). Estas Comarcas le han enseñado que ninguna conquista social fue regalada, y que todo se consigue a base de lucha.

 Una vez acabados sus estudios, inició su vida laboral, en la Asesoría de la Unión General de Trabajadores (UGT); Principado de Asturias e INSALUD, en 1985 opta, junto con otras mujeres, a las plazas de ayudantes mineros que convoca la empresa HUNOSA. Pese a haber superando todas las pruebas establecidas, se le niega el acceso a este puesto de trabajo.

 Concepción emprende una la lucha legal en contra de la decisión de dicha empresa, la cual da lugar a una sentencia del Tribunal Constitucional en 1992, quien reconoce, por primera vez, el derecho de una mujer a trabajar en el interior de la mina.

 En aplicación de la sentencia, en 1996 las primeras mujeres comienzan a trabajar en el interior de las minas asturianas, y desde entonces se contabilizaron más de doscientas mujeres que pasaron por el interior de la mina desempeñando labores de ayudantes mineros.

 El 1 de Julio de 2010 Concepción se prejubila en Hunosa.

Concepción Rdguez. Valencia en un programa de RTVE dedicado a «Ellas» y su lucha por la igualdad.