La memoria de los guajes de la mina

La memoria de los guajes de la mina

GUAJE (GUAH.E).

En Asturias, rapacín, neñu. Fíu de alguien. Persona moza que ayuda a otra de la que aprende el oficiu. Ayudante del picador mineru, dentro y fuera de la mina. En México, nahua uaxin, acacia, fruto de las platas cucurbitáceas, que se adjetiviza como “bobo” (no te hagas el guaje conmigo –el tonto o despistado-). En Inglaterra, se asocia con la palabra y la pronunciación “washer”, traducido como “el lavador”, el chico del lavadero (de carbón o de maquinaria, labor tan encasillada a mujeres y niños en los siglos XVIII y XIX). Y en Alemania, “wagen” traducido como “el de las vagonetas”. En estas dos últimas naciones, netamente industriales, lo asemeja a los significados que el término cobra en Asturias y las cuencas mineras españolas.

Son muchas las familias mineras en las que aún se dice y se recuerda que el padre o el abuelo “comenzó muy de guaje a trabayar en la mina”. Pero para muchos, en nuestro país y en el ámbito de influencia internacional del castellano, la palabra “guaje” no siempre está cargada de los profundos ecos y significados que la misma tiene en las cuencas mineras asturianas, incluso en las leonesas o palentinas, en las que el término también se generalizó y extendió a la vida del día a día como sinónimo o referencia vigente de juventud (“tas hecho un guaje”); mutando desde el origen de su uso en los albores de la minería para catalogar de forma terrible al más “pequeño trabajador”, es decir, al niño que desde muy temprana edad se dejaba sus mejores años, su salud y su vida en la mina.

Parece que fue hace un montón de años cuando la Organización para las Naciones Unidas junto con la Organización Internacional del Trabajo (OIT) comenzaran un arduo trabajo para conseguir en el planeta la erradicación del trabajo infantil, previniendo y combatiendo la explotación infantil, primero con una estipulación a los países de una edad mínima de admisión al empleo y posteriormente promoviendo estrategias orientadas a la concienciación y educación y, allí, donde mayor se dan (países del Tercer Mundo o en vías de desarrollo) a la atención prioritaria de niños, niñas y adolescentes víctimas de las peores formas de trabajo infantil.

Hace menos, tan solo 20 años, en 1992, la OIT creó el Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (IPEC, por sus siglas en inglés) una iniciativa de cooperación técnica dedicada exclusivamente a prevenir y combatir el trabajo de los niños y niñas. A pesar de los progresos en las zonas más avanzadas de la Tierra, el programa aún sigue vigente. Y por duro y cruel que parezca, el sector de la minería es uno de los campos en los que más se produce este criminal hecho, la mayoría de las veces fomentado y controlado por las mafias, al margen de los estados, aprovechando la pobreza severa de muchas zonas del planeta y, digámoslo abiertamente, los pocos escrúpulos de un sistema capitalista que en los llamados países del primer mundo u Occidente no se pregunta el por qué del escaso coste de algunos productos machados por la aberración, la sangre y el sudor, de este tipo cruel de explotación. El carbón no se escapa a ello.

“Trabajábamos en la mina con 13 años como un favor”

Pero aunque en España, afortunadamente, el desarrollismo puso fin al trabajo infantil, todavía hoy en Asturias viven muchos de aquellos que de fueron “guajes del carbón” con todo el dolor de la situación. Aquellos que con menos de 16 años, hasta entrados los años 50, entraban a nuestras minas, dejando el colegio, sus familias y arriesgando la vida, en busca de un pequeño salario que, a cambio de un trabajo semiesclavo, compensará la pobreza de sus familias, la carencia de recursos o incluso la orfandad. Algunos de ellos, se recuerdan perfectamente con 14 o con 13 años, en plena postguerra, ante su primera prueba en la mina. Y cómo los encargados de la plantilla de las empresas mineras “hacían la vista gorda sobre la edad”: “Sabían que mi padre había fallecido en la mina y que éramos ocho hermanos en casa; te apuntaban y te decían ´tu chitón guaje, no digas na y a trabayar, que hay que comer´, así que ni se veía mal ni nada porque era como un favor, porque ciertamente pasábamos mucha necesidad”.

Quien lo dice rebasa por poco los 80 años y trabajó en una mina de montaña entre Mieres y Langreo. Tiene la silicosis tras 40 años de vida laboral y cuando escucha eso de que “los mineros son unos privilegiados y tienen unas pensiones de oro” no puede más que sentir vergüenza e indignación. Pero no es el único. Es más, podríamos llenar varias páginas de esta revista con los nombres de mutualistas que fueron niños mineros, que fueron guajes.

El tiempo pasa y hoy parecen historias de otra época, en blanco y negro, a las que cuesta asomarse y que se cuentan poco pese a que centros muy transitados como el Museo de la Minería de Asturias, o películas o libros de gran éxito en todo el mundo como “¡ Qué verde era mi valle ¡”, de John Ford , ó “La caída de los gigantes”, de Ken Follet, los describen perfectamente en nuestro mundo y con una conexión generacional tan directa como para seguir grabado a fuego en nuestro ADN.

Villa, el futbolista, de raíces mineras y precoz delantero sportinguista, popularizó el término en España, muy extendido en Asturias, pero cuyo origen, singularmente conectado con otras zonas industriales europeas, recuerda a los niños que demasiado temprano abandonaron su infancia para entrar prematuramente en un mundo laboral salvaje

Los álbumes del carbón del Montepío de la Minería Asturiana se abren esta vez por algunas de las páginas con fotografías sepia, en blanco y negro, que nos muestran esos niños que no tuvieron la suerte de matar sus días soñando con ser futbolistas como “el guaje Villa”, probablemente uno de los personajes que más ha popularizado indirectamente en nuestro país el significado del término “guaje”, acuñado por los veteranos de la primera plantilla del Sporting cuando el genial futbolista de Tuilla era aún un “yogurín” de la cantera de formación de Mareo. Porque guajes, en Asturias, fuimos todos, aunque a la mina, por suerte, solo fueran unos nenos muy concretos, aquellos a los que desgraciadamente, y aunque el tiempo diga que lo cura todo, lucharon en tiempos de la infamia no solo por su vida, sino también por el progreso de Asturias y de este país, dejando mucho más que su esfuerzo y su salud en la labor –algunas, como el recordado guaje de Orillés, recordado en esta sección, incluso con la vida-.

Son ellos, muchos seguidores de esta revista, a quienes nos gustaría dedicar, recordar y homenajear esta sección, con una llamada a la reflexión para quien, en nuestro tiempo, obvia su responsabilidad humana y ética y aún se tapa los ojos hacia la llegada de mercancías producidas por niños y niñas explotados. Y el carbón internacional no ha sido ajeno a esto.