Huellas y Latidos | Todos los capítulos del proyecto de memoria oral del MontepíoAst y Espacio 1910

Cada voz guarda una historia. Cada historia conserva una parte de nuestra memoria colectiva. Huellas y Latidos nace para escuchar, conservar y compartir los recuerdos de quienes vivieron en primera persona la historia de las Cuencas Mineras y de Asturias.

Este espacio reúne todos los capítulos publicados de un proyecto que quiere convertir la memoria oral en patrimonio para las generaciones futuras.

A través de entrevistas audiovisuales, este archivo vivo recoge recuerdos, testimonios y relatos personales que forman parte del patrimonio social, cultural y humano de Asturias.

Huellas y Latidos es el proyecto de transmisión oral impulsado por el Montepío de la Minería Asturiana y el Espacio Cultural 19 10 de Mieres para preservar la memoria, las experiencias y las voces de quienes construyeron la historia de las Cuencas Mineras.

 

 

️ También puedes seguir cada nuevo capítulo en nuestro canal de YouTube, donde se estrenan semanalmente, los jueves a las 20:00 horas.

La Fundación Montepío y HUNOSA impulsan en el Pozu Sotón una jornada de memoria minera con residentes de Felechosa

El pasado 17 de julio, desde la Fundación Obra Social Montepío de la Minería Asturiana, junto a nuestra Residencia de Mayores Spa de Felechosa Montepío y con la colaboración fundamental de HUNOSA–Visita el Pozu Sotón, impulsamos una jornada muy especial de encuentro con nuestro patrimonio minero.

Siete residentes de #ResidenciaFelechosa viajaron hasta el Pozu Sotón para recorrer sus instalaciones, conocer el Centro de Experiencias y Memoria de la Minería y reencontrarse con una historia estrechamente vinculada a sus propias vidas, a sus familias y a nuestra identidad colectiva.

El momento más emotivo llegó con la puesta en marcha de la histórica locomotora de vapor «Río Nalón».

Dos de nuestros residentes, Ángel Fernández “Gelín Xamonda”, de 94 años, y José Luis Augusto, de 92, naturales de Urbiés-Turón y Ablaña, respectivamente, y antiguos ferroviarios mineros, pudieron volver a escuchar el vapor, acercarse a los mandos y revivir una profesión que habían ejercido décadas atrás transportando el carbón de las minas del valle del Caudal.

Gracias a HUNOSA, la legendaria máquina, construida por Orenstein & Koppel en 1928, volvió a cobrar vida para rendir homenaje a quienes durante tantos años formaron parte de aquella historia.

Fue mucho más que una visita. Fue una experiencia de envejecimiento activo, reminiscencia, bienestar y conexión con la propia historia de vida. Un reencuentro con lugares, sonidos y oficios capaces de transformar la memoria en emoción.

La jornada contó también con la participación de profesionales y entidades vinculadas a la conservación de nuestro patrimonio industrial, entre ellos Javier Fernández, director del Museo del Ferrocarril de Asturias, junto a representantes de HUNOSA, de nuestra Fundación, de la Residencia y del propio Montepío.

Desde nuestra Fundación creemos en este tipo de iniciativas porque ayudan a romper la rutina, recuperar recuerdos, favorecer la convivencia y mantener a las personas mayores conectadas con los lugares y experiencias que formaron parte de sus vidas.

Nuestro patrimonio es también la historia de quienes lo hicieron posible.

Nuestra memoria minera sigue viva en sus protagonistas. ⚒️

⚒️ Organiza: Fundación Obra Social Montepío de la Minería Asturiana
Colabora de forma fundamental: HUNOSA–Visita el Pozu Sotón
Participa: Residencia Spa de Felechosa Montepío
Colabora: Museo del Ferrocarril de Asturias

REPORTAJE ESPECIAL EN VIDEO EN NUESTRO CANAL DE YOUTUBE:

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Durham celebra 140 años de su gran gala de la memoria y la hermandad minera

Los Álbumes del Carbón continúan su viaje por las cuencas del mundo: Después de acercarnos a las cuencas estadounidenses de Kentucky, al histórico saludo minero alemán Glück auf y de establecer contacto con seguidores de las comunidades mineras de Chile, dirigimos ahora nuestra mirada hacia el nordeste de Inglaterra, a unos 25 kilómetros al sur de Newcastle upon Tyne. Es la capital histórica del condado de County Durham y una de las zonas mineras más emblemáticas del Reino Unido.

Este fin de semana, del 10 al 12 de julio, las miradas de muchas Cuencas mineras del mundo volverán a encontrarse simbólicamente en Durham. Allí se celebrará, el sábado 11, la 140.ª edición de la Durham Miners’ Gala, conocida popularmente como The Big Meeting: una de las mayores expresiones públicas de la cultura obrera, la solidaridad internacional y la hermandad entre los pueblos del carbón.

No se trata exactamente de su 140.º aniversario. La primera Gala tuvo lugar en 1871, dos años después de la fundación, en 1869, de la Durham Miners’ Association. Las guerras, los conflictos laborales y otros acontecimientos históricos impidieron su celebración en algunas ocasiones, pero no lograron apagarla.

La Durham Miners’ Gala no recuerda únicamente a una industria desaparecida. Celebra la capacidad de una comunidad para sobrevivir al cierre de sus minas y conservar, generación tras generación, una cultura basada en el trabajo, el apoyo mutuo y la organización colectiva.

Hablar de Durham es adentrarse en una de las cuencas mineras con mayor tradición del mundo. Pero también significa reconocer uno de esos territorios del carbón que, con independencia de su geografía, su idioma y su cultura, desarrollaron una forma particular de entender el trabajo, la familia y la comunidad.

Las cuencas no se construyeron únicamente alrededor de los pozos. Crecieron también alrededor de los economatos, los sindicatos, las cajas de resistencia, las viviendas obreras, las bandas de música, las casas del pueblo, los estandartes y las organizaciones solidarias.

Por eso la historia minera de Durham nos recuerda la importancia de permanecer unidos entre cuencas y pueblos del mundo para hacer frente juntos a la injusticia.

Una organización que construyó comunidad

La Durham Miners’ Association llegó a convertirse en una de las organizaciones obreras más importantes del Reino Unido. No se limitó a negociar salarios o condiciones laborales. Comprendió que la defensa de los trabajadores debía continuar fuera de la mina y alcanzar también a sus familias.

Con las aportaciones de los propios mineros se promovieron viviendas para trabajadores jubilados, salas de lectura, espacios sociales y diferentes iniciativas de asistencia y bienestar. En esos centros crecieron bandas de metales, coros, grupos de teatro y actividades culturales que ayudaron a dotar de cohesión y orgullo a las localidades de la cuenca.

Uno de los mayores símbolos de aquel modelo fue Redhills, la histórica Casa de los Mineros de Durham. Inaugurada en 1915 y financiada mediante las aportaciones de más de 150.000 trabajadores, albergó en su interior el conocido como Pitman’s Parliament, el Parlamento de los Mineros.

En aquella gran sala, los delegados elegidos por las distintas minas se reunían para debatir los problemas de los trabajadores y tomar decisiones que afectaban a toda la cuenca. No era solamente la sede administrativa de un sindicato. Era una forma de democracia obrera financiada, organizada y gobernada por los propios mineros.

Mucho antes de la consolidación del Estado del bienestar, aquellos trabajadores ya habían comprendido que la solidaridad no podía quedarse en una declaración de principios: había que organizarla y transformarla en vivienda, formación, cultura, asistencia y protección.

Para el Montepío de la Minería Asturiana, acercarse a esta experiencia no significa observar una historia extraña o distante. Asturias y Durham desarrollaron, con sus propias circunstancias, fórmulas de apoyo mutuo nacidas alrededor de un trabajo duro y peligroso.

En ambas cuencas, la necesidad de proteger al trabajador frente al accidente, la enfermedad, la jubilación o el desamparo familiar dio lugar a instituciones sociales que terminaron formando parte esencial de la identidad colectiva.

Allí donde la mina condicionaba la vida, los trabajadores comprendieron que el cuidado debía alcanzar mucho más allá de la bocamina.

Durham frente al desmantelamiento industrial

Durham fue también uno de los grandes escenarios de la huelga minera británica de 1984-1985. Aquel conflicto, provocado por los planes de cierre de explotaciones, superó pronto los límites de una disputa laboral.

Fue un enfrentamiento entre el Gobierno de Margaret Thatcher y el National Union of Mineworkers, pero también un pulso sobre el modelo político, económico y social que debía imponerse en el Reino Unido.

El Gobierno conservador había aprendido de las huelgas de 1972 y 1974, que demostraron la capacidad de los mineros para paralizar sectores estratégicos y condicionar la política nacional. Cuando comenzó el conflicto de 1984, el Estado había acumulado reservas de carbón, preparado sus dispositivos policiales y diseñado una estrategia para resistir una huelga prolongada.

El objetivo no era únicamente reorganizar una industria con problemas. También se pretendía quebrar la capacidad de resistencia del sindicato minero y reducir la influencia del movimiento obrero. La derrota de los trabajadores facilitaría después una transformación económica asentada en la privatización, la desregulación y el retroceso del poder sindical.

Los mineros de Durham: una lucha larga, agónica y profundamente desigual frente a la Dama de Hierro

Durante casi un año, las familias mineras de Durham soportaron la ausencia de salarios, las dificultades para adquirir productos básicos, la presión policial y una fractura social cada vez más profunda. Las comunidades respondieron como habían aprendido a hacerlo durante generaciones: organizando comedores, colectas, cajas de resistencia y redes de ayuda para que ninguna familia quedara sola.

Las mujeres desempeñaron un papel decisivo. No se limitaron a sostener los hogares: recaudaron fondos, prepararon alimentos, participaron en manifestaciones y piquetes y defendieron públicamente la continuidad de sus pueblos. Organizaciones como Women Against Pit Closures demostraron que aquella no era únicamente una huelga de hombres que trabajaban bajo tierra. Era la lucha de comunidades enteras conscientes de que, cuando se cerraba una mina, estaba en juego mucho más que un salario.

La huelga de 1984 había comenzado con una estrategia que los mineros conocían bien: detener la producción para obligar al Gobierno y al National Coal Board a negociar. Había funcionado en 1972 y 1974, cuando el riesgo de desabastecimiento energético obligó al Ejecutivo conservador de Edward Heath a ceder. Muchos trabajadores pensaron que la unidad de las cuencas, los piquetes y la presión sobre las centrales volverían a inclinar la balanza.

Pero Margaret Thatcher había aprendido de aquellas derrotas. Su Gobierno se preparó durante años: acumuló grandes reservas de carbón, adaptó las centrales para resistir durante meses y coordinó la actuación de la empresa pública, la policía, los tribunales y el aparato del Estado. Además, no todas las regiones mineras secundaron la huelga, por lo que siguió entrando carbón en el sistema. El conflicto que debía paralizar el país no consiguió detenerlo por completo.

La Dama de Hierro convirtió entonces el tiempo en su principal aliado. Lo que había nacido como una ofensiva para salvar los pozos comenzó a transformarse en un bumerán contra las propias familias mineras. Cada semana sin cobrar vaciaba los hogares, agotaba las cajas de resistencia y aumentaba la dependencia de la solidaridad. El Gobierno podía esperar gracias a sus reservas. Los mineros, en cambio, tenían que alimentar a sus familias todos los días.

La negociación formó parte también de aquella estrategia de desgaste. Hubo contactos y propuestas que parecieron acercar una salida, pero las conversaciones se rompieron una y otra vez. Los dirigentes sindicales acusaron al Gobierno de bloquear o retirar fórmulas que podían haber conducido a un acuerdo. Thatcher transmitía públicamente la voluntad de negociar, pero nunca aceptó una garantía que impidiera cerrar los pozos considerados no rentables. Para muchas familias, aquello confirmó que el objetivo ya no era únicamente reorganizar la industria, sino prolongar el conflicto hasta derrotar al sindicato.

El enfrentamiento fue especialmente duro. Hubo cargas policiales, detenciones, controles en las carreteras y violencia en los piquetes. La intervención de las fuerzas de seguridad fue percibida en numerosas comunidades como una actuación desproporcionada al servicio de una estrategia política. La huelga dejó así de ser únicamente un conflicto laboral y se convirtió en un pulso entre el Estado y uno de los movimientos obreros más poderosos de Europa.

Después de atravesar todo un invierno sin salarios, algunos trabajadores comenzaron a regresar a las minas. No siempre lo hicieron porque hubieran dejado de creer en la causa. Muchos volvieron porque las deudas, el cansancio y la necesidad habían reducido su capacidad para resistir. Aquella fue una de las consecuencias más crueles de la estrategia gubernamental: conseguir que la presión económica entrara en cada casa y fuera rompiendo, familia a familia, la fortaleza colectiva de la huelga.

Por eso, la derrota de 1985 no fue simplemente el final de una movilización. La huelga había nacido para impedir los cierres, pero terminó dejando al sindicato debilitado, a las cuencas divididas y a miles de familias exhaustas. Una vez quebrada aquella capacidad de resistencia, el proceso de clausuras pudo acelerarse con mucha menos oposición.

Lo más doloroso fue que los mineros regresaron a los pozos sin haber asegurado su futuro. Volvieron a trabajar sabiendo que muchas explotaciones podían cerrar poco después. Con cada mina desaparecieron empleos, pero también talleres, comercios, servicios, lugares de encuentro y expectativas para las nuevas generaciones.

Quienes vivieron las movilizaciones mineras asturianas de los años ochenta reconocerán muchas de estas imágenes. También aquí las cuencas comprendieron que defender una mina no significaba aferrarse únicamente a un puesto de trabajo. Significaba defender pueblos enteros, familias, identidad, dignidad y futuro.

Porque en una cuenca cerrar un pozo nunca es clausurar solamente una instalación industrial. Es alterar todo un ecosistema humano. La mina había sido salario y sustento, pero también memoria familiar, orgullo colectivo, vínculos vecinales y una forma de estar juntos en el mundo.

La memoria de lo sucedido en Durham en el corazón minero de Asturias.

La historia de Durham nos permite además contemplar aquel conflicto desde Asturias como algo más que un episodio británico. Lo sucedido en 1984 fue una seria advertencia de lo que podía venir después sobre la minería asturiana.

También nuestras cuencas tuvieron que rebelarse ante las reconversiones, los cierres y unas decisiones políticas y económicas que, con demasiada frecuencia, contemplaban la mina como una cifra y no como la estructura alrededor de la cual se habían levantado pueblos enteros.

No se trataba de negar que la industria debía afrontar transformaciones. Se trataba de exigir justicia, alternativas, protección social y respeto para quienes habían contribuido durante generaciones al desarrollo industrial y energético de sus países.

Durham y Asturias no vivieron procesos idénticos. Pero compartieron la certeza de que ningún territorio puede ser abandonado después de haber entregado su trabajo, su salud y, en demasiadas ocasiones, la vida de sus trabajadores. La experiencia sirvió para mostrar dos modelos de ajuste: el de Reino Unido, salvaje; el alemán, más social. Los sindicatos mineros españoles pusieron sobre la mesa ambos escenarios al gobierno de Felipe González, no sin tensiones ni tentaciones. De todo ello, se aprendió.

Escenas del film Tocando al viento.

Cuando el cine contó las consecuencias

El cine británico convirtió la huelga, los cierres y sus consecuencias humanas en algunas de las historias más reconocibles reconocidas en el mundo al final del siglo XX.

Billy Elliot, dirigida por Stephen Daldry en 2000, está ambientada precisamente en una comunidad minera del condado de Durham durante la huelga de 1984-1985.

El sueño de un niño que quiere dedicarse al ballet se desarrolla mientras su padre y su hermano participan en un conflicto minero que amenaza su trabajo y el mundo que hasta entonces había dado sentido a la familia.

La película no retrata únicamente un choque entre tradición y vocación individual. Muestra una comunidad sometida al miedo, la pobreza, la tensión policial y la incertidumbre. Y recuerda que, incluso en medio de una derrota colectiva, las personas siguen buscando un camino para avanzar.

Tocando el viento, de Mark Herman, estrenada en 1996, llevó a la pantalla la lucha de una banda minera por sobrevivir al cierre de su explotación. Aunque su historia se inspira en Grimethorpe, en Yorkshire, refleja una experiencia reconocible para muchas cuencas: la pérdida del empleo, el deterioro económico, la depresión y la necesidad de conservar la dignidad a través de la música.

La banda se convierte en mucho más que una agrupación musical. Es el último lugar en el que la comunidad todavía puede reconocerse a sí misma.

Un año después, The Full Monty, dirigida por Peter Cattaneo, trasladó la desindustrialización a Sheffield. Sus protagonistas no son mineros, sino antiguos trabajadores de la siderurgia, pero encarnan consecuencias semejantes: desempleo, pérdida de autoestima, dificultades familiares y desconcierto ante la desaparición del mundo laboral que habían conocido.

Las tres películas pertenecen a territorios y sectores diferentes, pero comparten un mismo paisaje humano y minero. Sus protagonistas intentan reconstruir sus vidas después de que las decisiones económicas hayan derrumbado las estructuras que sostenían a sus comunidades.

El baile, la música y el humor aparecen como formas de resistencia. Pero bajo ellos permanece siempre el coste humano de la reconversión del carbón. A través de estas historias humanas.

 

Estandartes y bandas para representar a cada pueblo

La Durham Miners’ Gala nació en 1871 y fue creciendo al mismo tiempo que la organización sindical de la cuenca.

Cada comunidad acudía a Durham detrás de su propio estandarte y acompañada por una banda de metales. Aquellos elementos permitían identificar al pueblo, al sindicato local y a las generaciones que habían trabajado en sus minas.

Los estandartes no eran simples adornos. En ellos aparecían los nombres de los pozos, figuras históricas del movimiento obrero, escenas laborales y valores como la unidad, la educación, la paz o la solidaridad.

Eran una especie de álbum ilustrado de cada comunidad. Un patrimonio compartido en el que se representaba la historia del pueblo y se transmitía a las siguientes generaciones.

Las bandas cumplían una función semejante. Habían nacido y crecido alrededor de los pozos, los sindicatos y los centros sociales. Acompañaban las celebraciones, los funerales, las movilizaciones y los acontecimientos importantes de la vida colectiva.

En la Gala, bandas y estandartes transforman las calles medievales de Durham en un gran escenario popular. Pueblos que ya no tienen minas siguen entrando juntos en la ciudad, caminando detrás de los nombres y símbolos que los representan.

La edición de 2025 resumió esa resistencia con un lema contundente:

“We Are Still Here!” “¡Seguimos aquí!”

La obra artística creada para aquella edición reunió los nombres de 77 comunidades de la cuenca de Durham que aún conservaban grupos activos vinculados a sus estandartes. Más de sesenta participan habitualmente en el desfile.

La afirmación trasciende a Durham. Las minas pueden cerrar y las instalaciones industriales pueden desaparecer, pero una cuenca no deja de existir cuando se extrae su última tonelada de carbón.

Permanece en las familias, en los apellidos, en los paisajes, en las palabras, en la música y en una manera determinada de entender la solidaridad.

Los trabajadores de Durham que conquistaron el mundo

Entre las muchas historias extraordinarias surgidas en esta cuenca se encuentra también una de las grandes leyendas de los orígenes del fútbol internacional.

En 1909, el West Auckland FC, un modesto equipo de una localidad minera del condado de Durham, fue invitado a viajar a Turín para participar en el Trofeo Sir Thomas Lipton.

La competición reunió a representantes de varios países europeos y suele recordarse como uno de los primeros intentos de organizar un campeonato mundial de clubes, más de veinte años antes del primer Mundial de la FIFA.

West Auckland se proclamó campeón y regresó dos años después para defender el título. En 1911 superó al Torino en semifinales y derrotó por un sorprendente 6-1 a la Juventus en la final.

La hazaña adquiere una dimensión todavía mayor al recordar quiénes eran sus protagonistas. No formaban una plantilla millonaria ni viajaron rodeados de técnicos y patrocinadores. Eran trabajadores procedentes de una comunidad minera que tuvieron que reunir recursos para desplazarse y ausentarse de sus empleos.

Regresaron de Italia convertidos en campeones, pero después volvieron a su vida cotidiana.

El esfuerzo económico dejó endeudado al club, que terminó empeñando el trofeo. La copa fue recuperada años después, aunque en 1994 fue robada y nunca volvió a aparecer.

Hoy, una réplica mantiene vivo el recuerdo de aquellos hombres que viajaron desde una comunidad minera de Durham y sorprendieron al fútbol europeo.

Su historia fue llevada a la pantalla en The World Cup: A Captain’s Tale, protagonizada por Dennis Waterman. Es otro capítulo de una cuenca que produjo carbón, organización obrera, grandes bandas musicales y también un grupo de trabajadores capaz de regresar de Italia con un título mundial.

Una memoria sostenida por los «Marras»

Durante más de un siglo, la Durham Miners’ Gala fue financiada directamente con las aportaciones de los trabajadores de la cuenca. Era su celebración, pero también un regalo para toda la comunidad.

Tras el cierre de los pozos desapareció aquella fuente de financiación. La continuidad de la Gala depende ahora de sindicatos, asociaciones y miles de colaboraciones individuales.

A quienes contribuyen a mantenerla se los conoce como Marras.

Marra es una antigua palabra del vocabulario minero de Durham. Designa al amigo o compañero de absoluta confianza, aquel con quien se podía contar en los momentos de peligro.

En el interior de una mina, un marra no era solamente un amigo. Era el compañero del que podía depender tu propia vida.

Hoy, los Marras son las personas que ayudan a que la Gala continúe celebrándose y a que los estandartes vuelvan cada verano a las calles de Durham.

La organización acepta aportaciones puntuales y contribuciones periódicas. Con dos libras al mes o 24 al año, cualquier persona puede convertirse en Marra. También se admiten colaboraciones internacionales.

La fórmula resume perfectamente el espíritu de la cuenca: cada persona aporta una pequeña parte para sostener algo que pertenece a todos.

Durham vuelve a caminar detrás de sus estandartes

El sábado 11 de julio de 2026, ese pasado heredado y ese futuro por construir volverán a encontrarse en la 140.ª Durham Miners’ Gala.

Desde primera hora de la mañana, las antiguas comunidades de la cuenca llegarán a la ciudad acompañadas por sus bandas y portando unos estandartes que guardan nombres, rostros, reivindicaciones y fragmentos de la historia obrera del condado.

La organización turística de Durham señala que más de 200.000 personas llegan a congregarse en las calles para disfrutar de The Big Meeting, convertido en una gran celebración de la comunidad, el sindicalismo y la solidaridad internacional.

A partir de las 8:30 horas, las bandas y los grupos de estandartes comenzarán a concentrarse en Market Place y en otros puntos de la ciudad. Desde allí avanzarán por las calles de Durham hacia el County Hotel, en Old Elvet, uno de los lugares centrales del recorrido.

Las delegaciones continuarán después hacia el antiguo hipódromo, junto al río Wear. Allí se celebrará el gran encuentro sindical, político, cultural y comunitario.

La música, los puestos de organizaciones y los encuentros entre personas llegadas desde diferentes territorios acompañarán una jornada en la que la reivindicación convive con la celebración popular.

Después llegará uno de los momentos más solemnes: la marcha de bandas y estandartes hacia la catedral de Durham y el tradicional oficio dedicado a los mineros, en el que se reciben y bendicen los nuevos estandartes.

Aunque la Gala se concentra en el sábado, el campamento oficial de Ushaw permanecerá abierto desde el mediodía del viernes 10 hasta la tarde del domingo 12 de julio, permitiendo que visitantes llegados de otros lugares compartan todo el fin de semana.

No es una recreación histórica ni una ceremonia de nostalgia. Es una afirmación de existencia.

La Gala recuerda lo que aquellas comunidades fueron capaces de construir, denuncia el coste humano de su desmantelamiento y reivindica su derecho a formar parte del presente y del futuro.

Su lema lo resume:

“The past we inherit, the future we build”. | “El pasado que heredamos, el futuro que construimos”.

Cuencas conectadas por una historia común

Desde Los Álbumes del Carbón llevamos tiempo intentando mirar más allá de nuestras montañas y acercarnos a otros territorios mineros.

No pretendemos encontrar historias idénticas. Cada cuenca tiene su paisaje, su cultura y su trayectoria. Pero, al observarlas, reconocemos experiencias, valores y heridas comunes.

En ediciones anteriores viajamos hasta Harlan County, en Kentucky, para recordar su dura y sangrienta conflictividad laboral, la persecución sindical y la resistencia de unos trabajadores que reclamaban condiciones dignas.

También nos acercamos a Alemania a través del saludo Glück auf, una expresión nacida bajo tierra que contiene el deseo de encontrar una buena veta y, sobre todo, de regresar con vida a la superficie.

Por el camino hemos podido interactuar con personas vinculadas a las cuencas mineras de Chile, que siguen nuestras publicaciones y con quienes comprobamos que la distancia geográfica no impide reconocerse en imágenes, relatos y emociones compartidas. Desde estas páginas les enviamos un saludo afectuoso y minero.

Durham se incorpora ahora a este mapa.

Una cuenca marcada por la fuerza de su organización obrera, por el trauma de los cierres, por sus bandas, sus estandartes y su extraordinaria capacidad para transformar la memoria en una celebración viva.

Queremos continuar ampliando ese recorrido y conectando territorios mineros de distintos continentes. Porque las cuencas han desarrollado formas singulares y admirables de estar en el mundo, pero comparten también la dureza del trabajo, el riesgo, la confianza entre compañeros, el orgullo de pertenencia y la defensa de las familias.

Comparten, sobre todo, una convicción: nadie puede afrontar solo la adversidad.

Cambian las lenguas, los paisajes y las formas de extraer el mineral. Pero desde Asturias hasta Durham, desde Harlan hasta las cuencas alemanas o chilenas, permanece una misma idea de hermandad.

La historia minera de Durham nos recuerda la importancia de estar unidos entre cuencas y pueblos del mundo para hacer frente juntos a la injusticia.

Lo ocurrido en 1984 fue también una advertencia sobre lo que podía caer después sobre la minería asturiana. Nuestras cuencas se rebelaron porque sabían que no defendían únicamente puestos de trabajo. Defendían pueblos, familias, memoria, dignidad y futuro.

El sábado 11 de julio, cuando vuelvan a sonar las bandas y los estandartes avancen por las calles de Durham, no desfilará únicamente la memoria de una cuenca inglesa.

Caminará con ellos una parte de la historia universal de los pueblos del carbón.

Las minas cerraron. Pero sus comunidades siguen aquí, como nuestra memoria, como nuestros álbumes, que aún huelen a carbón. 

#LosÁlbumesDelCarbón Tras la edición especial, revivimos en vídeo la 140.ª #DurhamMinersGala: bandas, estandartes y miles de personas celebrando memoria, identidad y hermandad minera  Video resumen de la #DurhamMinersGala #TheBigMeeting #AlmaMinera

«Glück auf», el saludo de esperanza del minero alemán

Recuperamos un artículo publicado originalmente en la revista Montepío en diciembre de 2016. En aquellas páginas analizábamos el papel decisivo que desempeñó el carbón en la reconstrucción de Alemania tras las guerras mundiales, la extraordinaria dimensión de su industria minera y la influencia que ejerció sobre el conjunto de Europa. No en vano, el carbón y el acero fueron la base de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), impulsada en 1951 como instrumento de cooperación económica y germen de la actual Unión Europea. Gracias a sus cuencas mineras y a su potente industria siderúrgica, Alemania protagonizó el llamado «milagro económico» de la posguerra y se consolidó como la gran locomotora industrial del continente.

El reportaje también recuerda cómo la experiencia alemana se convirtió en una referencia para las cuencas mineras españolas durante los procesos de reconversión. Frente a modelos más traumáticos, como el aplicado durante el thatcherismo en el Reino Unido, los sindicatos mineros españoles defendieron durante décadas una transición inspirada en la denominada «vía alemana»: cierres pactados, negociación social, prejubilaciones, fondos compensatorios y programas de diversificación económica para las comarcas afectadas.

El texto debe leerse en el contexto de aquella época. Dos años después de su publicación, el 21 de diciembre de 2018, Alemania cerró la mina Prosper-Haniel, en Bottrop (cuenca del Ruhr), última gran explotación subterránea de hulla del país, poniendo fin a más de siglo y medio de minería carbonera industrial. En aquellos momentos trabajaban todavía unos 1.500 mineros en la explotación y alrededor de 3.500 en el conjunto del sector de la hulla alemana. [dw.com], [dw.com]

Leído hoy, este reportaje constituye el retrato de un momento clave de la historia industrial europea, pero también ayuda a comprender por qué el debate sobre el carbón, la soberanía energética y el futuro de las regiones mineras continúa plenamente vigente. Y nos acerca, además, al significado de Glück auf, el histórico saludo de esperanza de los mineros alemanes, símbolo de una cultura del carbón que contribuyó decisivamente a construir la Alemania moderna y la propia Europa.

Sin embargo, Alemania no abandonó completamente el carbón. El país sigue explotando grandes minas de lignito a cielo abierto, especialmente en las regiones de Renania, Lusacia y Alemania Central, que continúan desempeñando un papel relevante dentro de su sistema energético. [elmundo.es]

La antigua cuenca minera del Ruhr es hoy además uno de los grandes ejemplos europeos de reconversión industrial. Instalaciones históricas como el complejo minero de Zollverein, en Essen, convertido en museo, centro cultural y Patrimonio Mundial de la UNESCO, o numerosos ecomuseos y centros de interpretación repartidos por las regiones mineras alemanas, conservan viva la memoria de una actividad que marcó la historia económica y social del país.

Diez años después, el texto mantiene una sorprendente actualidad. Las últimas minas alemanas de hulla cerraron en 2018, poniendo fin a más de siglo y medio de minería subterránea del llamado «oro negro». Sin embargo, Alemania sigue explotando grandes minas de lignito a cielo abierto en regiones como Renania y Lusacia, mientras continúa afrontando el difícil equilibrio entre transición energética, competitividad industrial y seguridad de suministro. Aunque el país mantiene oficialmente su calendario de abandono del carbón para 2038, el debate sigue abierto y ha cobrado nueva fuerza en 2026. El propio canciller Friedrich Merz llegó a cuestionar públicamente la viabilidad de cumplir esos plazos si la seguridad energética nacional pudiera verse comprometida, reabriendo una discusión que parecía cerrada. [ecoticias.com]

Al mismo tiempo, las energías renovables ya aportan más de la mitad de la producción eléctrica alemana y continúan desplazando progresivamente al carbón. Sin embargo, la dependencia energética exterior, la volatilidad geopolítica y el encarecimiento de los combustibles han vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda para muchas economías europeas: el carbón sigue siendo, pese a sus costes ambientales y a la dificultad creciente de su explotación, uno de los pocos recursos energéticos autóctonos de cierta dimensión que aún conserva Europa.

Una década después, este reportaje sigue ofreciendo una valiosa fotografía de aquel momento de transición y ayuda a comprender la profunda huella que la minería del carbón dejó en Alemania y en la construcción de la Europa contemporánea. La memoria del carbón sigue latiendo…

Glück auf, el saludo de esperanza del minero alemán que se convirtió en símbolo

Los Álbumes del Carbón. Por Alberto Argüelles
El carbón hizo de Alemania una potencia capaz de sobreponerse a sus dos grandes derrotas en las guerras mundiales del siglo XX. Con el Tratado CECA, el país se convirtió en locomotora económica de Europa, mostró el camino de las reconversiones industriales y la necesidad de reactivación y diversificación de las comarcas. A pesar de que en la actualidad solo cuenta con tres minas abiertas, 8.000 mineros y una fuerte presencia ecologista, es hoy paradójicamente el único país de la UE que aún contempla el uso de carbón hasta al menos 2040.

Es imposible trazar una historia industrial del carbón sin Alemania y sus mineros. Pretenderlo sería obviar el gran peso de esta nación en la construcción de Europa y de un montón de marcas fabriles que han tirado del progreso y la investigación en el mundo. De hecho, el carbón, el acero y las necesidades sociales, económicas y políticas generadas tras el final de la Segunda Guerra Mundial fueron los actores principales del llamado Tratado CECA (París, 1951), germen de la Unión Europea. En síntesis, aquel acuerdo entre naciones no fue más que para regular una necesaria libertad de circulación de estas dos materias industriales básicas entre Alemania, Francia, Italia y los países del Benelux, con el fin de alentar la reconstrucción económica. Y es que la historia reciente del viejo continente y su reconstrucción desde la mitad del siglo XX está escrita sobre negro carbón.

La evolución posterior de la Unión Europea y la paulatina adhesión de países —España, en 1986— hasta el reciente paso atrás con el Brexit del Reino Unido es conocida. Sobre todo los procesos de reconversión industrial, que han afectado a todos los sectores, pero especialmente al carbón, como vimos en los capítulos anteriores dedicados a Francia y al Reino Unido, donde los cierres mineros se convirtieron en pulsos políticos entre grandes corrientes económicas: el neoliberalismo de Thatcher frente al laborismo o la socialdemocracia.

La enorme dependencia social y territorial de las comarcas mineras cobraba en Alemania enormes dimensiones. Gracias al carbón y a sus mineros, Alemania consiguió, entre otras cosas, labrar para su economía el apodo de “la locomotora” de Europa y recuperarse de dos grandes guerras mundiales, de las que salió devastada como nación, dividida incluso durante más de medio siglo en dos estados, hasta la caída del Muro de Berlín.

Pero la historia de ese carbón alemán, alimento energético de las primeras grandes fábricas de la Revolución Industrial, se remonta a la Edad Media alrededor de Mansfeld, Aquisgrán y la región del Ruhr, el corazón industrial. Estas áreas crecieron de manera expansiva como polos industriales y fueron prácticamente moldeadas por el desarrollo minero, que alcanzó su pico máximo en la primera mitad del siglo XX.

Curiosamente, después del nacimiento de la UE fue cuando las grandes empresas productoras de carbón comenzaron a tener problemas hasta la llegada de políticas proteccionistas. Sirva como dato de la dimensión del sector minero alemán en los albores de 1960 que el número total de mineros en plantilla alcanzaba las 600.000 personas. Su censo oficial llegaba a las 153 minas de carbón, con una producción anual de 125 millones de toneladas. La fuerza de esta industria carbonera era tal que el Reichstag fiaba en su energía la capacidad de mover el resto de cinturones industriales del país en pos del llamado milagro alemán. Y a fe que lo consiguieron: resulta muy gráfica la comparativa de las fotos aéreas de las ciudades alemanas de 1945, destrozadas por bombarderos, y esas mismas ciudades en 1960.

Una reconversión más social: un ejemplo para España

Fue en 1975 cuando el Bundestag, el supremo Parlamento legislativo alemán, puso en marcha el reloj de las reconversiones, los cierres y los planes de diversificación. Eso sí, a diferencia de otros modelos, lo hizo desde una perspectiva social y territorial, siendo un modelo inspirador para el proceso que, casi dos décadas después, se puso en marcha en España y en Asturias: cierres pactados, prejubilaciones, fondos compensatorios y ayudas empresariales.

Alemania y sus poderosas e influyentes organizaciones sindicales mineras se convirtieron así en un referente para los trabajadores del carbón españoles; también para los países del Este que han ido entrando en la Unión, algunos con gran peso en el sector minero, como Polonia y Chequia.

Con los alemanes al frente, el lobby de la minería ha tratado de sobrevivir en los pasillos del Europarlamento en Bruselas y Estrasburgo, tratando de aunar un respaldo a las políticas proteccionistas y a una cuota de carbón autóctono conciliadora con las necesidades energéticas y la enorme dependencia exterior. El carbón es el único recurso abundante propio frente a los protocolos contra la contaminación y el cambio climático.

En 2005 las minas de la cuenca del Ruhr y el Sarre aún daban empleo a más de 38.000 personas. Hoy quedan unos 8.000.

En 2007, año del estallido de la crisis mundial, el panorama no podía ser más negro para el carbón. El Ejecutivo teutón mantenía firme su estrategia de terminar en una década con el proteccionismo, dando paso a cierres totales en 2018. Esta decisión, que en España sigue sin ser revisada, motivó que empresas potentes como RAG AG, dueña de las últimas grandes minas activas alemanas en Bottrop e Ibbenbüren, se planteasen ya un calendario finalista.

Pero el nuevo plan energético alemán impulsado por Berlín dio un giro al no contemplar el fin de las centrales de carbón. A pesar de ser altamente contaminantes y contar con cierta presión de los poderosos movimientos ecologistas, la decisión del Gobierno de Angela Merkel fue anticipar el fin de la energía nuclear. Y para ello sabía que necesitaba una cuota propia que le sirviera de regulador de precios frente al mercado y a su posición de compra de aproximadamente 50 millones de toneladas de mineral al año con las que se provee. Todo para garantizar, una vez más, el funcionamiento energético del país.

Esto supone, según los analistas, vida para el carbón alemán hasta al menos 2040 e inversiones en mejoras de las centrales mediante planes de carbón limpio, puesto que el desarrollo de las energías renovables hasta poder alcanzar la cuota minera todavía tomará tiempo. La producción alemana es la décima más importante del mundo y supone el 40 % de la generación de energía de la que es, según el Banco Mundial, la cuarta potencia del planeta.

Glück auf: de la fraternidad al símbolo

De esa vieja hermandad entre los trabajadores del carbón alemanes nació la expresión Glück auf, término germano equivalente a un saludo de esperanza, tan conocido, viejo y popular en toda Alemania, cuyo significado, de imposible traducción al castellano, no es más que el deseo fraternal de suerte que se dedicaban los compañeros mineros para que la jornada en la profundidad de la mina transcurriera lo mejor posible:«Que tengas buena salida».

La expresión ha trascendido y, como la palabra güaje en España, maneja códigos y reminiscencias de camaradería y de complicidad, especialmente en generaciones de un tiempo industrial. Como el «compañeru, dame tira» de los asturianos.

Los cierres de las grandes y los proyectos de diversificación

Con o sin cierres, los planes de diversificación mineros alemanes desarrollados han demostrado eficacia en muchos casos. Por ejemplo, la Mining Solutions, un instrumento similar a la SADIM de Hunosa, filial en este caso del grupo RAG, ha hecho importantes negocios vendiendo incluso maquinaria usada y sistemas de exploración a Turquía, Polonia, República Checa, Rusia y Ucrania.

La tecnología alemana para la explotación de minas de carbón es tan demandada en el mundo que genera un volumen de negocio de cuatro mil millones de euros al año. Y no solo para clientes europeos, también llega a los punteros del sector: Australia, China, Rusia y Estados Unidos.

Mientras en 1920 el Ruhr era epicentro de 196 explotaciones mineras que albergaban 470.000 trabajadores, hoy solo conserva tres grandes ejes.

Ciudades como Bochum —hermanada con Oviedo—, Essen y Duisburg ya han apostado por la industria logística, la medicina y la investigación, entre otros sectores, dejando en un segundo plano al carbón y el acero.

Zollverein, una de las más modernas y principales minas de carbón del país, inspirada en el estilo Bauhaus, se convirtió en un icono de moderna arquitectura industrial y un centro de arte y cultura. La llaman «la mina más bella del mundo», obra de los arquitectos Fritz Schupp y Martin Kremmer, que en 1927 crearon un complejo industrial muy particular aunando necesidad industrial con el arte de la simetría y la geometría.

Tras 135 años de actividad, el cierre de Zollverein en 1986 parecía el fin del mundo para su región. Sin embargo, un atinado plan de recuperación patrimonial convirtió esta mina en un palacio de actividades sociales y culturales y permitió que Essen brillase como Capital Europea de la Cultura en Renania del Norte-Westfalia.

Shultz, el alemán que dio luz al carbón español

No es justo cerrar un artículo sobre minería, carbón y Alemania sin recordar a Wilhelm Phillip Daniel Schulz, más conocido en la historia de Asturias como Guillermo Schulz (Dörnberg, Habichtswald, 1805), o lo que es lo mismo, el padre de la geología y la minería en España.

Isabel II lo distinguió en 1849 por sus méritos, trascendentes para la industria nacional, pues elaboró el mapa geológico de minerales de España. Shultz tiene por ello calles en Oviedo, Gijón y Mieres; en este campus, la Ingeniería Geológica lleva su nombre. En Dörnberg, su lugar de origen, también existe un monumento en su honor erigido en 2005.

Si bien es cierto que británicos, franceses e incluso belgas tuvieron un peso muy significativo en la puesta en marcha de las primeras empresas mineras en Asturias, a Guillermo Schulz se le debe la primera imagen cartográfica moderna de Asturias gracias a su mapa topográfico publicado en 1855, documento guía que sirvió para dar luz a la primera Dirección General de Minas en España y para el trazado de caminos de ruedas y de hierro, la organización de Correos, diócesis y mapas militares.

Cuadro de Guillermo Schulz en el Ayuntamiento de Mieres

Fue, en palabras de Pelayo González-Pumariega Solís, profesor titular del Departamento de Explotación y Prospección de Minas de la Universidad de Oviedo y autor de una de las más prolijas biografías sobre el ingeniero alemán, «testigo de la primera industrialización asturiana e impulsor de los principales caminos, puertos y ejes estratégicos de comunicación».

Otro momento muy emotivo para los mineros alemanes fue el cierre en 2015 de la Auguste Victoria, en Marl, cerca de Düsseldorf, en pleno Ruhr. Después de 116 años de explotación, el cierre de la emblemática mina, que siempre mantuvo el nombre de la última emperatriz germana pese a las posteriores vicisitudes históricas y políticas, parecía un golpe finalista al sector minero alemán.

La dimensión del cierre fue descomunal, aunque también otro ejemplo de la superación alemana de problemas sociales: en la Auguste Victoria trabajaban 3.000 mineros que extraían más de tres millones de toneladas de carbón mineral al año.

La mina alemana se hizo famosa en España a través del futbolista Raúl González. El gran delantero español visitó sus instalaciones cuando en 2010 fichó por el Schalke 04, el reconocido en Alemania como «elequipo de los mineros». La fotografía del exmadridista vestido de minero dio la vuelta al mundo. Era una leyenda ya en España con el Real Madrid y la selección, y tras su fichaje se ganó el corazón de la Cuenca minera y los aficionados al Schalke 04.

En dos temporadas marcó goles decisivos, brilló en la Champions, conquistó la Copa y la Supercopa alemana y se convirtió en un ídolo en Gelsenkirchen. Su paso por el club fue breve, pero muy intenso: Raúl dio prestigio y liderazgo al Schalke, y el Schalke le devolvió el disfrute por el fútbol. La historia terminó como una relación perfecta entre un gran jugador que necesitaba empezar de nuevo y un club minero que encontró en él a una leyenda

Actualizado: El histórico Schalke 04 ha regresado a la Bundesliga alemana (la primera división del fútbol germano) La victoria frente al Düsseldorf desató una celebración largamente esperada en Gelsenkirchen y en toda la cuenca del Ruhr. Pasaron 1071 días desde su último partido en la élite, demasiado tiempo para una institución que, por historia, masa social y simbolismo, pertenece a la primera división del fútbol alemán. Porque el Schalke no es solo un club: es un fenómeno social. Más de 60.000 aficionados llenaron su estadio incluso en segunda división, una cifra solo superada en Alemania por los gigantes Bayern y Dortmund. Su tirón trasciende resultados y categorías; representa a una región obrera, orgullosa de sus raíces mineras, que encuentra en su equipo un motivo de identidad colectiva.

Las huelgas de los mineros alemanes: claves en diversas etapas de la historia

Las huelgas de los mineros alemanes fueron decisivas para mejorar derechos laborales, reforzar la negociación colectiva y condicionar las políticas industriales y energéticas del país. Su capacidad de organización convirtió al movimiento minero en un actor clave de la historia social y económica de Alemania.

Tres momentos especialmente significativos fueron la gran huelga del Ruhr de 1889, que consolidó la organización obrera minera; la huelga de 1905, clave para reforzar la negociación laboral; y las movilizaciones de 1997, cuando miles de mineros protestaron contra los recortes de ayudas al carbón y forzaron un nuevo compromiso político para el sector.

De Asturias a Kentucky: mujeres, huelga y dignidad minera en «Bloody Harlan»

Los Álbumes del Carbón viajan hasta uno de los grandes escenarios de la historia obrera de Estados Unidos

Las cuencas mineras están separadas por fronteras, lenguas y miles de kilómetros. Sin embargo, cuando recorremos su historia, encontramos realidades sociales y culturales tan parecidas que, en ocasiones, el paralelismo resulta sorprendente.

Hoy, en Los Álbumes del Carbón, volvemos a una de esas conexiones internacionales que ya abordamos en proyectos como Mujer y mina: la historia del carbón en femenino plural o Guajes mineros, dedicado a las infancias truncadas por el trabajo, la pobreza y las duras condiciones de vida en las comunidades carboneras.

Desde el siglo XIX, las cuencas de Asturias, Alemania, Francia, Bélgica, Reino Unido o Estados Unidos crecieron alrededor de una misma materia prima. El carbón alimentó las fábricas, los ferrocarriles, las centrales eléctricas y la expansión industrial de buena parte del mundo contemporáneo.

Pero bajo aquel progreso se escondía otra realidad: jornadas interminables, accidentes, salarios bajos, enfermedades profesionales, viviendas controladas por las compañías y territorios enteros dependientes de una sola actividad económica.

Alrededor de la mina se construyeron pueblos, economatos, escuelas, hospitales y formas de vida propias. También surgieron fuertes vínculos comunitarios, redes de solidaridad y una cultura obrera capaz de plantar cara a las injusticias.

Esta vez viajamos hasta los montes Apalaches, al este de Estados Unidos, para detenernos en el condado de Harlan, en Kentucky, escenario en 1931 de uno de los conflictos laborales más violentos y recordados de la historia minera norteamericana.

«Bloody Harlan»: Harlan el Sangriento

El nombre con el que aquel territorio pasó a la historia fue Bloody Harlan, que podemos traducir como «Harlan el Sangriento».

No se refiere únicamente a un episodio aislado, sino a una larga etapa de huelgas, represión, violencia y enfrentamientos entre trabajadores, compañías mineras, guardias privados y autoridades locales.

En los años veinte, Harlan era uno de los grandes territorios productores de carbón de Kentucky. Las empresas ejercían un enorme poder económico y social. En muchas localidades controlaban las viviendas, los comercios, el acceso al empleo e incluso buena parte de la administración cotidiana.

Perder el trabajo no significaba únicamente dejar de cobrar. Podía implicar perder la casa, el acceso a alimentos, la atención médica y cualquier posibilidad de permanecer en la comunidad.

La llegada de la Gran Depresión empeoró todavía más la situación. A comienzos de 1931, las compañías anunciaron nuevos recortes salariales cuando los trabajadores ya sufrían reducciones de jornada, desempleo y hambre.

Los mineros comenzaron entonces a organizarse para reclamar salarios dignos, mayor seguridad y, sobre todo, el derecho a pertenecer a un sindicato.

La Batalla de Evarts

El conflicto alcanzó uno de sus momentos más graves el 5 de mayo de 1931, en las inmediaciones de la pequeña localidad de Evarts.

Un grupo de mineros en huelga se enfrentó a vehículos que transportaban suministros para trabajadores contratados con el objetivo de sustituirlos. La tensión desembocó en un intenso tiroteo que duró apenas unos minutos, pero dejó una huella profunda en la historia obrera estadounidense.

Murieron tres guardias vinculados a las compañías y un minero. También hubo varios heridos y, según algunos testimonios, otras víctimas pudieron ser retiradas del lugar antes de que se realizara un recuento completo.

El episodio fue conocido desde entonces como la Batalla de Evarts.

La respuesta contra los huelguistas fue inmediata. Se realizaron registros, detenciones y procesos judiciales. Ocho mineros fueron condenados a cadena perpetua por conspiración para cometer asesinato, aunque las circunstancias del enfrentamiento y el papel de los hombres armados contratados por las compañías siguieron generando controversia.

La batalla no significó una victoria inmediata para los trabajadores. La huelga fue debilitada, muchos organizadores tuvieron que abandonar la zona y numerosos mineros regresaron al trabajo sin haber conseguido inicialmente sus reivindicaciones.

Pero Evarts convirtió a Harlan en un símbolo.

Aquel territorio remoto de los Apalaches pasó a representar la lucha por el derecho de los trabajadores a organizarse frente a compañías que ejercían un poder casi absoluto sobre las comunidades mineras.

De Harlan a la Revolución de Octubre de 1934

La huelga de Harlan comenzó tres años antes de la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias.

No fueron procesos idénticos ni existió una conexión directa entre ellos. Sin embargo, ambos ayudan a entender el clima social de una época marcada por la industrialización, la desigualdad y el crecimiento de los movimientos obreros.

En Kentucky y en Asturias se repetían algunos elementos: territorios dependientes del carbón, condiciones laborales extremas, comunidades muy cohesionadas, organizaciones sindicales en expansión y respuestas represivas frente a quienes exigían cambios.

Las comunicaciones de entonces no permitían conocer de forma inmediata lo que sucedía al otro lado del Atlántico. Pese a ello, mineros de países distintos respondían de manera semejante ante problemas también semejantes.

Se organizaban, creaban cajas de resistencia, compartían alimentos, protegían a las familias y recurrían a la huelga como principal herramienta de presión.

Por su parte, las empresas y las autoridades movilizaban guardias, policías, agentes armados o fuerzas militares para controlar los conflictos.

En Asturias, Octubre de 1934 fue reprimido mediante una intervención militar de enorme dureza. En Harlan, la violencia se prolongó durante casi toda la década y volvió a intensificarse en 1939, cuando la Guardia Nacional de Kentucky fue desplegada durante otra gran huelga minera.

Ambos episodios pertenecen a ese mundo convulso de entreguerras en el que la industrialización había generado riqueza, pero también profundas fracturas sociales.

Las mujeres que sostuvieron la huelga

La historia minera fue durante demasiado tiempo contada únicamente a través de los hombres que entraban al pozo, encabezaban los sindicatos o formaban los piquetes.

Sin embargo, ninguna gran huelga minera puede explicarse sin las mujeres.

Cuando desaparecían los salarios, eran ellas quienes organizaban la supervivencia diaria. Preparaban comedores colectivos, conseguían alimentos, cuidaban a los niños, atendían a los enfermos y construían redes de solidaridad entre las familias.

Pero su papel no se limitó al ámbito doméstico.

Las mujeres participaron en reuniones, manifestaciones y piquetes. Recorrieron caminos de montaña para llevar ayuda, difundieron las reivindicaciones obreras y se enfrentaron a amenazas, detenciones y agresiones.

En Harlan, como en las cuencas asturianas, no fueron simples espectadoras de la lucha. Formaron parte activa de ella.

Florence Reece y la pregunta que atravesó generaciones

Entre las mujeres vinculadas al conflicto destaca Florence Reece, hija de una familia minera y esposa de Sam Reece, trabajador y organizador sindical.

En 1931, agentes del sheriff registraron violentamente su vivienda mientras buscaban a su marido. Florence estaba allí con sus hijos y, según el relato más extendido, escribió poco después unos versos en una hoja arrancada de un calendario.

Aquellos versos dieron origen a Which Side Are You On?, que significa «¿De qué lado estás?».

La canción describía una comunidad dividida entre quienes apoyaban al sindicato y quienes defendían los intereses de las compañías. En una de sus estrofas señalaba que en Harlan no había neutrales: había que elegir entre los trabajadores organizados y los hombres armados al servicio del poder empresarial.

La composición pasó de las reuniones sindicales a la música popular y terminó convertida en uno de los grandes himnos del movimiento obrero estadounidense.

Décadas después fue interpretada por artistas como Pete Seeger y recuperada por movimientos sindicales, pacifistas y defensores de los derechos civiles.

La fuerza de aquella canción radica en una pregunta sencilla, incómoda y universal: cuando una comunidad sufre una injusticia, ¿es posible permanecer al margen?

Ruth McCoy: entre la historia y la leyenda

Junto al nombre documentado de Florence Reece aparece en publicaciones recientes el de Ruth McCoy, presentada como una joven de 17 años que habría organizado a las esposas de los mineros durante la huelga.

El relato afirma que perdió a su padre por la enfermedad del pulmón negro, recogió alimentos y medicinas para las familias y desafió desde un carro a los hombres armados de las compañías.

Sin embargo, hasta el momento no hemos encontrado documentación histórica suficiente que permita confirmar su identidad, su actividad sindical o las palabras que se le atribuyen.

Puede tratarse de una persona real cuya memoria no llegó a los archivos, de varias historias unidas en un único personaje o de una leyenda creada para representar la experiencia colectiva de muchas mujeres.

La duda no resta valor al fondo del relato, pero obliga a diferenciar entre historia documentada y memoria popular.

En las comunidades obreras, muchas vidas quedaron fuera de los documentos oficiales. Los archivos suelen conservar nombres de empresarios, jueces, gobernadores o dirigentes sindicales, pero no siempre los de quienes cocinaron para cientos de personas, escondieron a un perseguido o caminaron kilómetros para conseguir medicinas.

Ruth McCoy, real o simbólica, puede representar a esas mujeres anónimas que sostuvieron las huelgas y cuyas historias se transmitieron de boca en boca.

Cuando los escritores llegaron a Harlan

La violencia de 1931 terminó atrayendo la atención nacional.

El novelista Theodore Dreiser encabezó una comisión ciudadana que viajó a Kentucky para investigar las denuncias de abusos contra los mineros y sus familias.

En aquel grupo participaron escritores, periodistas y artistas, entre ellos John Dos Passos. Recorrieron las comunidades, escucharon testimonios y documentaron las condiciones de vida en las cuencas carboneras.

El resultado fue el libro Harlan Miners Speak: Report on Terrorism in the Kentucky Coal Fields, publicado en 1932.

La obra recogió declaraciones de mineros, organizadores sindicales, autoridades y testigos. Su publicación ayudó a sacar el conflicto de las montañas de Kentucky y a mostrar al resto del país la dureza del sistema laboral de las compañías carboneras.

La literatura, el periodismo, la fotografía y la canción se convirtieron así en herramientas de denuncia.

Gracias a ellas, Harlan dejó de ser únicamente un nombre en un mapa para convertirse en uno de los grandes símbolos de la lucha obrera estadounidense.

Una lucha que no terminó en 1931

La historia de Bloody Harlan no concluyó con la Batalla de Evarts.

Durante el resto de la década continuaron los enfrentamientos, las huelgas, los atentados y las muertes. Al finalizar los años treinta, al menos 13 mineros y cinco guardias habían perdido la vida en el conjunto del conflicto.

La aprobación en 1935 de la Ley Nacional de Relaciones Laborales, conocida como Ley Wagner, reconoció el derecho de buena parte de los trabajadores estadounidenses a organizarse y negociar colectivamente.

Al final de la década, los mineros de Harlan consiguieron finalmente integrarse en el sindicato United Mine Workers of America.

Pero el carbón continuó generando conflictos.

En 1973, los trabajadores de la mina Brookside iniciaron otra huelga para conseguir reconocimiento sindical, mejores salarios, cobertura médica y participación en las decisiones sobre seguridad.

La protesta duró 13 meses y volvió a situar a las mujeres en primera línea. Esposas, madres, hermanas e hijas de los mineros organizaron piquetes, bloquearon accesos y mantuvieron la movilización frente a las amenazas.

El joven minero Lawrence Jones, de 22 años, murió tiroteado durante el conflicto. Pocos días después, la empresa aceptó firmar un acuerdo.

Aquella huelga quedó inmortalizada en el documental Harlan County, USA, dirigido por Barbara Kopple y estrenado en 1976. La película obtuvo el Óscar al mejor documental y permitió que una nueva generación conociera la historia de la comunidad minera de Harlan.

The strike is for them: la huelgas es por y para ellos, su futuro.

Fotografías que también cuentan la historia

Las imágenes conservadas de aquellas décadas forman otro gran archivo de la memoria.

En ellas vemos mineros entrando y saliendo del trabajo, concentraciones multitudinarias, hombres armados, mujeres en los piquetes, niños acompañando a sus familias y trabajadores en el interior de galerías bajas y oscuras.

Entre esas fotografías aparece también Blaine Sergent, dirigente minero, entregando o colocando su ficha de control al finalizar una jornada de trabajo en Harlan County en 1946.

Esa pequeña pieza identificaba al trabajador durante el turno y permitía saber quién se encontraba dentro de la mina.

La imagen cotidiana de un hombre colgando su ficha resume una parte esencial de la cultura minera: entrar al pozo suponía dejar constancia de que se descendía a un espacio en el que siempre existía la posibilidad de no regresar.

Una misma cultura al otro lado del océano

Kentucky y Asturias están separadas por miles de kilómetros, pero sus cuencas comparten muchos elementos reconocibles.

El paisaje modelado por castilletes, ferrocarriles y escombreras. Las viviendas obreras levantadas alrededor de la explotación. El miedo a los accidentes. Las enfermedades del polvo. La solidaridad entre familias. Las canciones. Las huelgas. Los economatos. Las viudas. Los niños que crecieron demasiado pronto.

También comparten la voluntad de preservar una memoria que durante mucho tiempo quedó reducida a estadísticas de producción o a nombres de grandes empresas.

La historia del carbón no es solo la historia de una industria. Es la historia de las personas que vivieron, trabajaron, enfermaron, lucharon y construyeron comunidades alrededor de ella.

En Kentucky, como en Asturias, las mujeres no fueron personajes secundarios. Sostuvieron las casas, los barrios, las huelgas y la dignidad colectiva.

Florence Reece convirtió aquella resistencia en una canción. Otras mujeres dejaron su huella en fotografías, testimonios o recuerdos familiares. Muchas no dejaron ni siquiera un nombre.

Por eso seguimos abriendo estos álbumes.

Porque la memoria minera no vive únicamente en los archivos oficiales. También permanece en las canciones, las imágenes, los relatos familiares y las pequeñas historias que el tiempo dejó a medias.

Dos territorios lejanos. Una misma cultura del carbón. Y una pregunta que todavía resuena:

Y tú, ¿de qué lado estás?

Si quieres saber más, estos enlaces:

⇒  https://dn760000.eu.archive.org/0/items/KentuckyMinersFight/KMF_text.pdf

The Harlan County Coal Wars 1931-1939 (Complete video)


Los Álbumes del Carbón

Este artículo de Alberto Argüelles, director de Comunicación del Montepío de la Minería, es el desarrollo de una publicación realizada en las redes sociales de MontepíoAst, dentro de la sección Los Álbumes del Carbón.

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