De Asturias a Kentucky: mujeres, huelga y dignidad minera en «Bloody Harlan»

Los Álbumes del Carbón viajan hasta uno de los grandes escenarios de la historia obrera de Estados Unidos

Las cuencas mineras están separadas por fronteras, lenguas y miles de kilómetros. Sin embargo, cuando recorremos su historia, encontramos realidades sociales y culturales tan parecidas que, en ocasiones, el paralelismo resulta sorprendente.

Hoy, en Los Álbumes del Carbón, volvemos a una de esas conexiones internacionales que ya abordamos en proyectos como Mujer y mina: la historia del carbón en femenino plural o Guajes mineros, dedicado a las infancias truncadas por el trabajo, la pobreza y las duras condiciones de vida en las comunidades carboneras.

Desde el siglo XIX, las cuencas de Asturias, Alemania, Francia, Bélgica, Reino Unido o Estados Unidos crecieron alrededor de una misma materia prima. El carbón alimentó las fábricas, los ferrocarriles, las centrales eléctricas y la expansión industrial de buena parte del mundo contemporáneo.

Pero bajo aquel progreso se escondía otra realidad: jornadas interminables, accidentes, salarios bajos, enfermedades profesionales, viviendas controladas por las compañías y territorios enteros dependientes de una sola actividad económica.

Alrededor de la mina se construyeron pueblos, economatos, escuelas, hospitales y formas de vida propias. También surgieron fuertes vínculos comunitarios, redes de solidaridad y una cultura obrera capaz de plantar cara a las injusticias.

Esta vez viajamos hasta los montes Apalaches, al este de Estados Unidos, para detenernos en el condado de Harlan, en Kentucky, escenario en 1931 de uno de los conflictos laborales más violentos y recordados de la historia minera norteamericana.

«Bloody Harlan»: Harlan el Sangriento

El nombre con el que aquel territorio pasó a la historia fue Bloody Harlan, que podemos traducir como «Harlan el Sangriento».

No se refiere únicamente a un episodio aislado, sino a una larga etapa de huelgas, represión, violencia y enfrentamientos entre trabajadores, compañías mineras, guardias privados y autoridades locales.

En los años veinte, Harlan era uno de los grandes territorios productores de carbón de Kentucky. Las empresas ejercían un enorme poder económico y social. En muchas localidades controlaban las viviendas, los comercios, el acceso al empleo e incluso buena parte de la administración cotidiana.

Perder el trabajo no significaba únicamente dejar de cobrar. Podía implicar perder la casa, el acceso a alimentos, la atención médica y cualquier posibilidad de permanecer en la comunidad.

La llegada de la Gran Depresión empeoró todavía más la situación. A comienzos de 1931, las compañías anunciaron nuevos recortes salariales cuando los trabajadores ya sufrían reducciones de jornada, desempleo y hambre.

Los mineros comenzaron entonces a organizarse para reclamar salarios dignos, mayor seguridad y, sobre todo, el derecho a pertenecer a un sindicato.

La Batalla de Evarts

El conflicto alcanzó uno de sus momentos más graves el 5 de mayo de 1931, en las inmediaciones de la pequeña localidad de Evarts.

Un grupo de mineros en huelga se enfrentó a vehículos que transportaban suministros para trabajadores contratados con el objetivo de sustituirlos. La tensión desembocó en un intenso tiroteo que duró apenas unos minutos, pero dejó una huella profunda en la historia obrera estadounidense.

Murieron tres guardias vinculados a las compañías y un minero. También hubo varios heridos y, según algunos testimonios, otras víctimas pudieron ser retiradas del lugar antes de que se realizara un recuento completo.

El episodio fue conocido desde entonces como la Batalla de Evarts.

La respuesta contra los huelguistas fue inmediata. Se realizaron registros, detenciones y procesos judiciales. Ocho mineros fueron condenados a cadena perpetua por conspiración para cometer asesinato, aunque las circunstancias del enfrentamiento y el papel de los hombres armados contratados por las compañías siguieron generando controversia.

La batalla no significó una victoria inmediata para los trabajadores. La huelga fue debilitada, muchos organizadores tuvieron que abandonar la zona y numerosos mineros regresaron al trabajo sin haber conseguido inicialmente sus reivindicaciones.

Pero Evarts convirtió a Harlan en un símbolo.

Aquel territorio remoto de los Apalaches pasó a representar la lucha por el derecho de los trabajadores a organizarse frente a compañías que ejercían un poder casi absoluto sobre las comunidades mineras.

De Harlan a la Revolución de Octubre de 1934

La huelga de Harlan comenzó tres años antes de la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias.

No fueron procesos idénticos ni existió una conexión directa entre ellos. Sin embargo, ambos ayudan a entender el clima social de una época marcada por la industrialización, la desigualdad y el crecimiento de los movimientos obreros.

En Kentucky y en Asturias se repetían algunos elementos: territorios dependientes del carbón, condiciones laborales extremas, comunidades muy cohesionadas, organizaciones sindicales en expansión y respuestas represivas frente a quienes exigían cambios.

Las comunicaciones de entonces no permitían conocer de forma inmediata lo que sucedía al otro lado del Atlántico. Pese a ello, mineros de países distintos respondían de manera semejante ante problemas también semejantes.

Se organizaban, creaban cajas de resistencia, compartían alimentos, protegían a las familias y recurrían a la huelga como principal herramienta de presión.

Por su parte, las empresas y las autoridades movilizaban guardias, policías, agentes armados o fuerzas militares para controlar los conflictos.

En Asturias, Octubre de 1934 fue reprimido mediante una intervención militar de enorme dureza. En Harlan, la violencia se prolongó durante casi toda la década y volvió a intensificarse en 1939, cuando la Guardia Nacional de Kentucky fue desplegada durante otra gran huelga minera.

Ambos episodios pertenecen a ese mundo convulso de entreguerras en el que la industrialización había generado riqueza, pero también profundas fracturas sociales.

Las mujeres que sostuvieron la huelga

La historia minera fue durante demasiado tiempo contada únicamente a través de los hombres que entraban al pozo, encabezaban los sindicatos o formaban los piquetes.

Sin embargo, ninguna gran huelga minera puede explicarse sin las mujeres.

Cuando desaparecían los salarios, eran ellas quienes organizaban la supervivencia diaria. Preparaban comedores colectivos, conseguían alimentos, cuidaban a los niños, atendían a los enfermos y construían redes de solidaridad entre las familias.

Pero su papel no se limitó al ámbito doméstico.

Las mujeres participaron en reuniones, manifestaciones y piquetes. Recorrieron caminos de montaña para llevar ayuda, difundieron las reivindicaciones obreras y se enfrentaron a amenazas, detenciones y agresiones.

En Harlan, como en las cuencas asturianas, no fueron simples espectadoras de la lucha. Formaron parte activa de ella.

Florence Reece y la pregunta que atravesó generaciones

Entre las mujeres vinculadas al conflicto destaca Florence Reece, hija de una familia minera y esposa de Sam Reece, trabajador y organizador sindical.

En 1931, agentes del sheriff registraron violentamente su vivienda mientras buscaban a su marido. Florence estaba allí con sus hijos y, según el relato más extendido, escribió poco después unos versos en una hoja arrancada de un calendario.

Aquellos versos dieron origen a Which Side Are You On?, que significa «¿De qué lado estás?».

La canción describía una comunidad dividida entre quienes apoyaban al sindicato y quienes defendían los intereses de las compañías. En una de sus estrofas señalaba que en Harlan no había neutrales: había que elegir entre los trabajadores organizados y los hombres armados al servicio del poder empresarial.

La composición pasó de las reuniones sindicales a la música popular y terminó convertida en uno de los grandes himnos del movimiento obrero estadounidense.

Décadas después fue interpretada por artistas como Pete Seeger y recuperada por movimientos sindicales, pacifistas y defensores de los derechos civiles.

La fuerza de aquella canción radica en una pregunta sencilla, incómoda y universal: cuando una comunidad sufre una injusticia, ¿es posible permanecer al margen?

Ruth McCoy: entre la historia y la leyenda

Junto al nombre documentado de Florence Reece aparece en publicaciones recientes el de Ruth McCoy, presentada como una joven de 17 años que habría organizado a las esposas de los mineros durante la huelga.

El relato afirma que perdió a su padre por la enfermedad del pulmón negro, recogió alimentos y medicinas para las familias y desafió desde un carro a los hombres armados de las compañías.

Sin embargo, hasta el momento no hemos encontrado documentación histórica suficiente que permita confirmar su identidad, su actividad sindical o las palabras que se le atribuyen.

Puede tratarse de una persona real cuya memoria no llegó a los archivos, de varias historias unidas en un único personaje o de una leyenda creada para representar la experiencia colectiva de muchas mujeres.

La duda no resta valor al fondo del relato, pero obliga a diferenciar entre historia documentada y memoria popular.

En las comunidades obreras, muchas vidas quedaron fuera de los documentos oficiales. Los archivos suelen conservar nombres de empresarios, jueces, gobernadores o dirigentes sindicales, pero no siempre los de quienes cocinaron para cientos de personas, escondieron a un perseguido o caminaron kilómetros para conseguir medicinas.

Ruth McCoy, real o simbólica, puede representar a esas mujeres anónimas que sostuvieron las huelgas y cuyas historias se transmitieron de boca en boca.

Cuando los escritores llegaron a Harlan

La violencia de 1931 terminó atrayendo la atención nacional.

El novelista Theodore Dreiser encabezó una comisión ciudadana que viajó a Kentucky para investigar las denuncias de abusos contra los mineros y sus familias.

En aquel grupo participaron escritores, periodistas y artistas, entre ellos John Dos Passos. Recorrieron las comunidades, escucharon testimonios y documentaron las condiciones de vida en las cuencas carboneras.

El resultado fue el libro Harlan Miners Speak: Report on Terrorism in the Kentucky Coal Fields, publicado en 1932.

La obra recogió declaraciones de mineros, organizadores sindicales, autoridades y testigos. Su publicación ayudó a sacar el conflicto de las montañas de Kentucky y a mostrar al resto del país la dureza del sistema laboral de las compañías carboneras.

La literatura, el periodismo, la fotografía y la canción se convirtieron así en herramientas de denuncia.

Gracias a ellas, Harlan dejó de ser únicamente un nombre en un mapa para convertirse en uno de los grandes símbolos de la lucha obrera estadounidense.

Una lucha que no terminó en 1931

La historia de Bloody Harlan no concluyó con la Batalla de Evarts.

Durante el resto de la década continuaron los enfrentamientos, las huelgas, los atentados y las muertes. Al finalizar los años treinta, al menos 13 mineros y cinco guardias habían perdido la vida en el conjunto del conflicto.

La aprobación en 1935 de la Ley Nacional de Relaciones Laborales, conocida como Ley Wagner, reconoció el derecho de buena parte de los trabajadores estadounidenses a organizarse y negociar colectivamente.

Al final de la década, los mineros de Harlan consiguieron finalmente integrarse en el sindicato United Mine Workers of America.

Pero el carbón continuó generando conflictos.

En 1973, los trabajadores de la mina Brookside iniciaron otra huelga para conseguir reconocimiento sindical, mejores salarios, cobertura médica y participación en las decisiones sobre seguridad.

La protesta duró 13 meses y volvió a situar a las mujeres en primera línea. Esposas, madres, hermanas e hijas de los mineros organizaron piquetes, bloquearon accesos y mantuvieron la movilización frente a las amenazas.

El joven minero Lawrence Jones, de 22 años, murió tiroteado durante el conflicto. Pocos días después, la empresa aceptó firmar un acuerdo.

Aquella huelga quedó inmortalizada en el documental Harlan County, USA, dirigido por Barbara Kopple y estrenado en 1976. La película obtuvo el Óscar al mejor documental y permitió que una nueva generación conociera la historia de la comunidad minera de Harlan.

The strike is for them: la huelgas es por y para ellos, su futuro.

Fotografías que también cuentan la historia

Las imágenes conservadas de aquellas décadas forman otro gran archivo de la memoria.

En ellas vemos mineros entrando y saliendo del trabajo, concentraciones multitudinarias, hombres armados, mujeres en los piquetes, niños acompañando a sus familias y trabajadores en el interior de galerías bajas y oscuras.

Entre esas fotografías aparece también Blaine Sergent, dirigente minero, entregando o colocando su ficha de control al finalizar una jornada de trabajo en Harlan County en 1946.

Esa pequeña pieza identificaba al trabajador durante el turno y permitía saber quién se encontraba dentro de la mina.

La imagen cotidiana de un hombre colgando su ficha resume una parte esencial de la cultura minera: entrar al pozo suponía dejar constancia de que se descendía a un espacio en el que siempre existía la posibilidad de no regresar.

Una misma cultura al otro lado del océano

Kentucky y Asturias están separadas por miles de kilómetros, pero sus cuencas comparten muchos elementos reconocibles.

El paisaje modelado por castilletes, ferrocarriles y escombreras. Las viviendas obreras levantadas alrededor de la explotación. El miedo a los accidentes. Las enfermedades del polvo. La solidaridad entre familias. Las canciones. Las huelgas. Los economatos. Las viudas. Los niños que crecieron demasiado pronto.

También comparten la voluntad de preservar una memoria que durante mucho tiempo quedó reducida a estadísticas de producción o a nombres de grandes empresas.

La historia del carbón no es solo la historia de una industria. Es la historia de las personas que vivieron, trabajaron, enfermaron, lucharon y construyeron comunidades alrededor de ella.

En Kentucky, como en Asturias, las mujeres no fueron personajes secundarios. Sostuvieron las casas, los barrios, las huelgas y la dignidad colectiva.

Florence Reece convirtió aquella resistencia en una canción. Otras mujeres dejaron su huella en fotografías, testimonios o recuerdos familiares. Muchas no dejaron ni siquiera un nombre.

Por eso seguimos abriendo estos álbumes.

Porque la memoria minera no vive únicamente en los archivos oficiales. También permanece en las canciones, las imágenes, los relatos familiares y las pequeñas historias que el tiempo dejó a medias.

Dos territorios lejanos. Una misma cultura del carbón. Y una pregunta que todavía resuena:

Y tú, ¿de qué lado estás?

Si quieres saber más, estos enlaces:

⇒  https://dn760000.eu.archive.org/0/items/KentuckyMinersFight/KMF_text.pdf

The Harlan County Coal Wars 1931-1939 (Complete video)


Los Álbumes del Carbón

Este artículo de Alberto Argüelles, director de Comunicación del Montepío de la Minería, es el desarrollo de una publicación realizada en las redes sociales de MontepíoAst, dentro de la sección Los Álbumes del Carbón.

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