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Psicología de Familia, por Ana Menéndez: El sol en la ventana

El mira por la ventana. Esa mañana hace sol y le calienta los huesos.  Mira sus manos: las venas abultadas y las manchas en ellas. Se mira al espejo. Apenas reconoce  la  cara que se ve en él. ¿Cuándo había llegado la vejez? Ni cuenta se dio. Se acordaba de cuando conoció a su mujer, en aquella fiesta de prao, tan jóvenes los dos. De aquella él la deslumbró porque como ya trabajaba en la mina tenía dinero. Se casaron pronto y luego vinieron los guajes, tres nada menos. ¡Como la echaba de menos! Y lo bien que estuvo ella aquella vez que él estuvo casi tres días enterrado en el pozo. Salió vivo, menos mal, pero se vio morir allí dentro. Nunca quiso hablar mucho de aquello.

Hoy está nervioso, hay dos maletas en la puerta. Mira su casa, su casa durante 50 años. Lo que les costó ahorrar para pagarla, porque ellos de créditos “nada”. Quizá sea la última vez que la vea. Sus hijos están preocupados y entre todos decidieron que mejor vivir en la Residencia de La Minería, que él anda desmemoriado y desde que murió su mujer se arregla regular.

Llegan su hijo y su nuera, nerviosos, a buscarle, van en coche.  Arriba, en la Residencia de Felechosa, papeles y explicaciones que no entiende muy bien y una habitación que ahora será su casa. Ellos se van con los ojos húmedos y él se queda igual: Algún carraspeo y una despedida.

Por ahora se va arreglando. Lee el periódico por la mañana, va a la lotería por las tardes. Se toma un vino o dos… Se acuerda de su mujer, de su casa. A veces se pone triste, otras no. Su casa no es pero se ha acostumbrado. Y además está esa nieta postiza que le nació ya mayor y con ese “pijama” que la revela como trabajadora de la casa. No sabe bien como fue la cosa.

Una vez que tuvo gripe y por varios días no pudo levantarse de la cama. Tuvieron que ayudarle a todo ¡Qué vergüenza le dio!  Un día se encontró contestándole a aquella “nieta” a preguntas sobre la mina, sobre los caballos que criaba y subía al monte, a la braña cada verano, que casualidad, la misma braña a la que ella subía caminado al menos una vez al año, porque le gustaba ir al monte, como a las cabras. Desde entonces ella le buscaba en la esquina en la que él se sentaba al sol y a mirar para fuera. A veces mas, a veces menos, pero siempre hablaban.

Una tarde ella llegó, pero él no estaba en su ventana. Preguntó…“al hospital”, le habían llevado. El no volvió.  Dicen que murió tranquilo en su cama. Ella siguió mirando aquella silla vacía una temporada hasta que un día subió al monte, a aquella braña. Era sábado. Nunca había visto caballos allí pero ese día,…ese día una manada pastaba en la braña. Entonces ella sintió el latido de su propio corazón, miró al cielo y sonrió.  Y sintió que él estaba ¡por fin! con su mujer y en su casa (fin).

Un cuento de navidad dedicado a todos los trabajadores de la Residencia del Montepío que ponen el corazón en su trabajo.

ANA MENÉNDEZ es psicóloga sanitaria, especialista en emergencias, crisis y cuidados al final de la vida. Profesional en la Residencia de Mayores de Felechosa-Montepío

Otras colaboraciones de nuestra psicóloga:

La pregunta sin respuesta

El valor de las cosas

Sueños por cumplir ¿sueños perdidos?

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Psicología de Familia, por Ana Menéndez / La pregunta sin respuesta

A veces en la vida pasan cosas y no siempre son de nuestro agrado.  Pueden venir en forma de un despido, una ruina económica, un incendio, una enfermedad propia o de alguien cercano y querido, nuestra pareja nos abandona o nos es infiel; en ocasiones es la muerte de un familiar o un accidente. ¡Pasan tantas cosas en la vida!.  

Quizá nuestros hijos no son lo que queríamos que fuesen o nuestros padres no nos han tratado como deberían. O tenemos que tomar alguna decisión que implica un cambio importante para nosotros o para toda la familia, empujados por las circunstancias. Normalmente un acontecimiento así se torna especialmente intenso cuando a quien le pasa algo es a uno de nuestros niños.

Abrumados entre el dolor, la sensación de impotencia y la pérdida nos preguntamos: ¿Por qué?  ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?. O nos decimos cosas como “es injusto”; y entonces nos enfadamos con Dios, con la vida, con quien sea… Y perdemos la alegría, las ganas de vivir y la fuerza. Le volvemos la espalda a lo que nos pasa, intentamos olvidar, no pensar, no recordar.

Hay quienes en esos momentos se refugian en el alcohol, en las drogas, en el sexo, en… cualquier cosa con tal de dejar de sentir aunque sea 5 minutos ese sufrimiento que nos abruma y que, en ocasiones, nos desborda.

Quizá durante un tiempo darle vueltas, preguntarse porqué y todo eso puede estar bien, quizá no podemos evitarlo y nos es útil para adaptarnos al cambio que el acontecimiento provocó pero eso no invalida el hecho de que son maneras de resistirnos a lo que nos pasa, no aceptarlo y no querer vivirlo.

Lo siento, pero es demasiado tarde, ya está aquí y nuestros porqués no tienen respuesta; nunca vamos a saber ni porqué yo, ni por qué a mí, ni podremos cambiar nuestra vida por la de otra persona a la que, aparentemente, todo le va bien.

Y sí, puede parecer injusto. Y sí, duele. Y desde luego, ojalá nunca nos hubiera pasado.

Pero está aquí, mirar hacia otro lado no lo va a hacer desparecer. Y quedarnos ahí, dándole vueltas a los porque, a lo injusto que es o refugiarnos en esas formas de evasión que aún lo empeora más.

¿Qué podemos hacer entonces? El primer paso, desde luego, es aceptar de verdad lo que nos pasa, aceptarlo dentro y aprender a vivir con ello. Si es algo que requiere encontrar soluciones, si no lo aceptamos no seremos capaces de resolver de la manera mejor y más correcta. Si lo que pasa es un cambio inevitable, entonces aceptarlo nos permitirá encontrar el modo de vivir con la pérdida o la nueva circunstancia que lo que haya pasado nos deja. Si ha sido alguien quien nos ha herido, aceptarlo nos permitirá ser capaces de perdonar y eso hará, no que olvidemos, pero sí al menos que retomemos la vida.

Porque amigos, resistirse y preguntarse “¿por qué?” durante demasiado tiempo, no hace otra cosa que impedirnos ver lo que sí funciona ya en nuestra vida.

Así que aprende a aceptar, pide ayuda si la necesitas, resuelve y encuentra de nuevo a tu manera el modo de volver a sonreír, incluso a través de las lágrimas.

Sé de lo que hablo y os garantizo que sí se puede.

ANA MENÉNDEZ es psicóloga sanitaria, especialista en emergencias, crisis y cuidados al final de la vida. Profesional en la Residencia de Mayores de Felechosa-Grupo Montepío

“Objetivo uno: ayudar a la gente a ser más feliz”

 

 

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Psicología de Familia, por Ana Menéndez / El valor de las cosas

Vivimos inmersos en la cultura de la inmediatez, podemos conseguir casi cualquier cosa a golpe de click gracias a internet sin siquiera pararnos a pensar en las posibles consecuencias de ese click que hemos hecho. Esto, cuya utilidad no cuestiono, hace que  conseguir cosas así pueda tener para nosotros consecuencias de muy diverso tipo: económicas, sociales, emocionales, de salud y un largo etcétera. Corremos, sin duda,  el riesgo de acumular deudas económicas y objetos sin fin y sin sentido; y esto quizá sería el mal menor. Porque lo peor puede llegar cuando trasladamos ese deseo de inmediatez a las relaciones personales en las redes sociales: “He escrito, no me contestan, quiero que lo hagan YA.”” ¿Qué se ha creído éste o ésta, que me puede tener esperando? ““Mira, no me dicen nada… serán…..”.

“Mira, está en línea, seguro que es por mí” o “Mira, no se conecta, me está evitando”

Olvidamos así que nosotros no somos el centro del universo  aunque seamos parte de él y los otros tampoco lo son, que pueden tener otras ocupaciones o preocupaciones que distan mucho en algún momento de la satisfacción inmediata de nuestra necesidad.

La cuenta de malentendidos, broncas y dificultades en las relaciones que las redes sociales (tan útiles por otro lado) provoca cada día se cuentan por millones. La cultura del click inmediato ha hecho que se digan cosas sin pensar y  se suban fotos que la persona jamás habría subido si lo hubiese pensado dos veces. Ha traído también obsesiones, noches en vela, espionajes infructuosos.

Horas y horas en las que, poco a poco, damos un valor a algo que quizá no tiene tanto y que lo que sí hace es restar auténtico valor a las cosas que sí lo tienen: en este caso  nosotros mismos y  nuestra vida.

Vivimos también en la cultura del usar y tirar. Milagrosamente la basura desaparece sin que veamos cuanta podemos llegar a generar y con ella se lleva todo lo que hemos desechado sin darnos ni cuenta. Ya no pensamos en reparar relojes, aspiradoras o recoser los bajos de un pantalón. Directamente nos compramos otro y es que, además, es tan barato… . Y eso mismo hacemos con nuestros niños. Antes de que pidan algo ya lo tienen. Incluso somos nosotros, los adultos, los que les creamos necesidades en las que ni siquiera habían pensado. Así cada año salen miles, millones o que sé yo de juguetes para satisfacer o crearnos nuevas necesidades de consumo: Que si un nuevo tipo de peonza, que si un juego para la video consola imprescindible, o esa muñeca con un animalito o esa otra sin él o ya no eres nadie sino tienes tal o cual cosa para salir a jugar a la calle. Y eso…si es que sales a jugar a la calle alguna vez entre tanta actividad extraescolar y tanto corre para acá y corre para allá.

Y para no interrumpir este ritmo frenético de nuestros niños,  ¿Qué pasa cuando ellos nos piden quiero esto o aquello?. Quizá, inicialmente, les decimos “no, ahora no, hay que esperar” pero ellos no quieren esperar y entonces (como cualquier niño) se enfurruñan y lloran o insisten o ambas cosas. Y estamos tan ocupados o no queremos que el niño sufra o.. ¿Qué suele pasar entonces? Que alguno de los adultos del entorno: padres, abuelos, tíos o… aparecen con el objeto deseado. Objeto que acaba en un cajón a los pocos días sin volver a ser recordado.

El objeto deseado pueden ser muchas cosas: una prenda de ropa, un juguete, un juego, una chuchería, un…. Que consiguen de forma más o menos inmediata, sin pensar en lo que cuesta o en la energía invertida para hacerlo o en el esfuerzo personal que ha hecho quien lo ha comprado.

Si nuestros niños no aprenden el valor de las cosas, no conseguirán sus metas: no sabrán perseverar después de haber fallado; y no sabrán tener vidas con sentido

¿Qué les estamos robando a nuestros niños con esa actitud? ¿Qué nos estamos robando a nosotros, los adultos, que también continuamente hacemos algo similar para nosotros mismos?

Pues nos robamos la capacidad para esperar a que llegue el mejor momento para actuar, nos robamos el aprender a valorar si de verdad queremos eso que pedimos o es un mero capricho, nos robamos la posibilidad de aprender a dar, de verdad, el valor auténtico que las cosas tienen, que las personas tienen. Nos robamos el darnos valor a nosotros mismos.

Y yo me pregunto el para qué de tanta prisa, no alcanzo a saber a dónde nos llevará pero lo que sí que tengo claro es que corremos y corremos para no llegar a ninguna parte. Casi no nos paramos a mirar nuestra vida de tan ocupados que estamos y así no le prestamos la  atención debida para ver si hay en ella algo que cambiar, que mejorar, alguna persona a la que dejar ir, alguna a la que dar la bienvenida.

No valoramos a los amigos hasta que ya no están, nos olvidamos de que una vez tuvimos un momento inolvidable en el que no hicimos nada, NADA.  Simplemente esperar por un chocolate caliente con churros o por unas castañas que se estaban asando en la chapa de la cocina de carbón. Y que tardarían en hacerse el tiempo que hiciese falta.

¿Para qué esperar si ya tenemos aceleradores hasta para el tinte del pelo?

Si nuestros niños no aprenden el valor de las cosas, no serán capaces de perseverar lo suficiente para conseguirlas y tampoco atesorarán recuerdos de esos que merecen la pena y te permiten sonreír al recordarlos. Si nuestros niños no aprenden el valor de las cosas, no conseguirán sus metas porque no habrán aprendido a tolerar la espera, el volver a intentarlo después de haber fallado una, dos o las veces que hiciese falta. Si nuestros niños no aprender el valor de las cosas no sabrán tener vidas con sentido, con propósito, con dirección; de esas que te hacen feliz a pesar de las dificultades, de esas que te hacen pensar bien de ti y quererte. De esas que hacen que te levantes cada vez que te caes para seguir. De esas, en suma, que te hacen sentirte orgulloso de ti mismo.

Y a nosotros, a este paso, como no reaprendamos a darle el valor a las cosas que un día sí tuvimos, la muerte nos pillará tan ocupados que ni nos enteramos de que hemos estado vivos.

Ahora estamos a tiempo…que tanto click y tanta búsqueda de satisfacción y placer inmediato no nos deje sin capacidad de recordar que estamos VIVOS y que eso significa mucho más que una nueva tostadora, una vídeo consola o un encuentro fortuito, apresurado y vacío.

ANA MENÉNDEZ es psicóloga sanitaria, especialista en emergencias, crisis y cuidados al final de la vida. Profesional en la Residencia de Mayores de Felechosa-Grupo Montepío

“Objetivo uno: ayudar a la gente a ser más feliz”

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Psicología de Familia, por Ana Menéndez/Sueños por cumplir ¿sueños perdidos?

A todos nosotros en algún momento de la vida nos ha apetecido algo o lo hemos anhelado; hemos querido aprender esto o aquello. Hemos soñado con conocer un lugar, a una persona, un paisaje.

Para algunos lo importante es que la familia esté bien, para otros que su profesión se desarrolle adecuadamente. Unos terceros anhelan más tiempo libre. Una pareja que les quiera. Hijos cuando llegue el momento apropiado. Que sé yo, tantas cosas… Hay personas que quieren aprender: jardinería, música, un idioma. Hay quienes anhelan hacer un viaje: Una vuelta al mundo, ir a un país determinado o al pueblo de al lado. Y, sin embargo, ¿Cuántos de entre nosotros dan los pasos en la dirección de conseguir esos sueños?. ¡Nos cuesta tanto iniciar el camino! Siempre hay algo que hacer antes, algo que nos lo impide, pensamos “sí sí, muy bonito todo pero no es para mí, no ahora, yo no puedo, no es tan fácil” y así se nos va yendo la vida y llegamos a los “ahora ya es demasiado tarde” ,“soy demasiado mayor”,  “se me pasó el arroz” etcétera etcétera

Tengo una amiga que anheló conocer Nepal durante muchos años. Nepal es un país asiático cercano a los Himalayas, montañas míticas donde las haya.  Y durante un montón de años no fue posible para ella y pensaba que nunca lo conseguiría. Hasta que este año su sueño se cumplió.  Y puede que tu pienses: “¡Qué suerte ha tenido!”.

¿Suerte? No, no ha sido suerte. Ha sido un objetivo claro. Para llegar a él atravesó muchas etapas: épocas en las que creyó firmemente que no lo conseguiría, que no era para ella, que en sus circunstancias no era posible, que quizá estaba pidiéndole demasiado a la vida, que …   . Pero la idea se mantuvo firme en su mente; poco a poco buscó apoyos que le ayudasen a vencer sus miedos, ahorró dinero para poder pagarlo, se informó, veía en internet vídeos sobre Nepal, sus costumbres, su gente, convirtió ese país en parte de su vida hasta que, finalmente, su sueño se convirtió en su realidad.  Aunque tardó años en llegar a Nepal, en conseguirlo, desde el principio ella ya estaba viajando hacia allí, aunque aún no se hubiese movido de su casa.

«No esperes, la vida no esperará por ti:

No importa la meta, importa el camino que te lleva hacia ella»

Quizá estés pensado que sí, que muy bien pero que esas cosas solo le pasan a otros, no a ti; que tienes mala suerte o que tus circunstancias no te lo permiten; que nunca lo conseguirás o puede que estés pensando cualquier otra cosa que te frena.

Ehhhh, ¡escucha!. Sí, te hablo a tí, que me estás leyendo en este momento. Párate y piensa cuales eran o son tus sueños. Grandes o pequeños, eso no importa. Párate y piensa que te impide ir a por ellos. Elige al menos uno de ellos o, aún mejor, párate y piensa ¿Cuál es el primer paso, grande o pequeño, que estoy dispuesto/a a dar hoy? Y entonces dalo.

He escuchado demasiadas veces a personas aquello de: “Cuando me jubile voy a ir más al monte, o voy a viajar”. “Cuando tenga tiempo aprenderé un idioma o a tocar un instrumento”. “Si en algún momento es posible quiero tener una huerta o un jardín”. “Me gustaría poder aprender a cocinar mejor, o a coser pero por ahora no puedo”. “Quiero conocer a tal o cual persona pero para mí es inalcanzable”. La lista es interminable…

Y, lamentablemente, también he oído demasiadas veces. Fíjate, ahora que ya se había jubilado y podía disfrutar de la vida…enfermó, o se murió o. ¡Qué mala suerte! Justo ahora que ya podía…Y yo me pregunto ¿Mala suerte? Quizá.

La diferencia está en una simple pregunta ¿Quieres empezar a conseguirlo? ¡Hazlo hoy! No esperes, la vida no esperará por ti. No importa cuántos sueños alcances, no importa la meta, importa el camino que te lleva hacia ella. Camina pues.

Y recuerda: La única batalla que se pierde es esa que nunca se inició.

ANA MENÉNDEZ es psicóloga sanitaria, especialista en emergencias, crisis y cuidados al final de la vida. Profesional en la Residencia de Mayores de Felechosa-Grupo Montepío

«Objetivo uno: ayudar a la gente a ser más feliz»